—Á comer, Tor—repitió Fidela colgándosele del brazo.—Tontín, no te pongas feróstico. Si eres un bendito y nos quieres mucho, como nosotras á tí...
—¡Brrrr!...
X
Grave, gravísima la señora de Donoso. Las noticias que aquella mañana (la del tantos de Abril, que había de ser día memorable) llegaron á la casa de los Marqueses de San Eloy, daban por perdida toda esperanza. Por la tarde se le llevó el Viático, y los médicos aseguraban que no pasaría la noche sin que tuvieran término los inveterados martirios de la buena señora. La ciencia perdía en ella un documento clínico de indudable importancia, por cuya razón, habría deseado la Facultad que no se extinguiera su vida, tan dolorosa para ella, para la ciencia tan fecunda en experimentales enseñanzas.
De prisa y sin gana comieron Fidela y Cruz para ir á casa de Donoso. Se convino en que D. Francisco se quedaría custodiando al pequeñuelo. La madre no iba tranquila si el papá no le prometía montar la guardia con exquisita vigilancia. También le encargó Cruz que cuidase de Rafael, que aquellos días parecía indispuesto, si bien sus desórdenes mentales ofrecían más bien franca sedación y mejoría efectiva. Mucho agradeció el tacaño que se ordenara quedarse, porque se hallaba muy abatido y melancólico, sin ganas de salir, y menos de ver morir á nadie. Anhelaba estar solo, meditar en su desgraciada suerte, y revolver bien su propio espíritu en busca de algún consuelo para la tribulación amarguísima de la compra del palacio, y de tanto lienzo viejo y armadura roñosa.
Fuéronse las dos damas, después de recomendarle que avisara al momento, si alguna novedad ocurría, y haciendo bajar algunos papelotes, se puso á trabajar en el gabinete. El chiquitín dormía, custodiado de cerca por el ama. Todo era silencio y dulce quietud en la casa. En la cocina charlaban los criados. En el segundo, Argüelles Mora, el tenedor de libros, á quien Torquemada había encargado un trabajo urgente, escribía solo. El ordenanza dormitaba en el banco del recibimiento, y de vez en cuando oíase el traqueteo de los pasos de Pinto que bajaba ó subía por la escalera de servicio.
Al cuarto de hora de estar D. Francisco haciendo garrapatos en la mesilla del gabinete, vió entrar á Rafael conducido por Pinto.
—Pues usted no sube á verme—díjole el ciego,—bajo yo.
—No subí, porque tu hermana me indicó que estabas malito, y no querías ver á nadie. Por lo demás, yo tenía ganas de verte, y de echar un párrafo contigo.
—Yo también. Ya sé que tuvo usted anteanoche el gran éxito. Me lo han contado muy detalladamente.