—Bien estuvo. Como todos eran amigos, me aplaudieron á rabiar. Pero no me atontece el zahumerio, y sé que soy un pobre artista de la cuenta y razón, que no ha tenido tiempo de ilustrarse. ¡Quién me había de decir á mí, dos años há, que yo iba á largar discursos delante de tanta gente culta y facultativa! Créelo; mientras hablaba, para entre mí me reía del atrevimiento mío, y de la tontería de ellos.

—Estará usted satisfecho—dijo Rafael serenamente, acariciándose la barba.—Ha llegado usted en poco tiempo á la cumbre. No hay muchos que puedan decir otro tanto.

—Es verdad. ¡Dichosa cumbre!—murmuró don Francisco en un suspiro, rumiando los sufrimientos que acompañaban á su ascensión á las alturas.

—Es usted el hombre feliz.

—Eso no. Dí que soy el más desgraciado de los individuos, y acertarás. No es feliz quien está privado de hacer su gusto, y de vivir conforme á su natural. La opinión pública me cree dichoso, me envidia, y no sabe que soy un mártir, sí, Rafaelito, un verdadero mártir del Gólgota, quiero decir, de la cruz de mi casa, ó en otros términos, un atormentado, como los que pintan en las láminas de la Inquisición ó del Infierno. Heme aquí atado de pies y manos, obligado á dar cumplimiento á cuantas ideas acaricia tu hermana, que se ha propuesto hacer de mí un duque de Osuna, un Salamanca, ó el Emperador de la China. Yo rabio, pataleo, y no sé resistirme, porque ó tu hermana sabe más que todos los Padres y que todos los Abuelos de la Iglesia, ó es la Papisa Juana en figura de señora.

—Mi hermana ha sacado de usted un partido inmenso—replicó el ciego.—Es artista de veras, maestro incomparable, y aún ha de hacer con usted maravillas. Alfarero como ella no hay en el mundo: coge un pedazo de barro, lo amasa...

—Y saca... Vamos, que aunque ella quiera sacarme jarrón de la China, siempre saldré puchero de Alcorcón.

—¡Oh, no... ya no es usted puchero, señor mío!

—Se me figura que sí. Porque verás...

Estimulado por la paz silenciosa de su albergue, y más aún por algo que bullía en su alma, sintió el tacaño, en aquel momento histórico, un grande anhelo de espontanearse, de revelar todo su interior. Lo raro del caso fué que Rafael sentía lo mismo, y bajó decidido á desembuchar ante el que fué su enemigo irreconciliable los secretos más íntimos de su conciencia. De suerte que la implacable rivalidad había venido á parar á un ardiente prurito de confesión, y á comunicarse el uno al otro sus respectivos agravios. Contóle, pues, Torquemada el conflicto en que se veía, de tener que hacerse con un palacio y la mar de pinturas antiguas, diseminando el dinero y privándose del gusto inefable de amontonar sus ganancias para poder reunir un capital fabuloso, que era su desideratum, su bello ideal, y su dogma, etc. Se condolió de su situación, pintó sus martirios, y el desconsuelo que se le ponía en la caja del pecho cada vez que aprobaba un gasto considerable, y el otro trató de consolarle con la idea de que el tal gasto sería fabulosamente reproductivo. Pero Torquemada no se convenció, y seguía echando suspiros tempestuosos.