—Pues yo—dijo Rafael, muellemente reclinado en el sillón, la cara vuelta hacia el techo y los brazos extendidos,—yo le aseguro á usted que soy más desgraciado, mucho más, sin otro consuelo que ver muy próxima la terminación de mis martirios.
Observábale D. Francisco atentamente, maravillándose de su perfecta semejanza con un Santo Cristo, y aguardó tranquilo la explicación de aquellos sufrimientos, que superaba á los suyos.
—Usted padece, señor mío—prosiguió el ciego,—porque no puede hacer lo que le gusta, lo que le inspira su natural, reunir y guardar dinero; como que es usted avaro...
—Sí, lo soy...—afirmó Torquemada con verdadero delirio de sinceridad.—Ea, lo soy, ¿y qué? Me da la gana de serlo.
—Muy bien. Es un gusto como otro cualquiera, y que debe ser respetado.
—¿Y usted, por qué padece; vamos á ver? Como no sea por la imposibilidad de recobrar la vista, no entiendo...
—Ya estoy hecho á la obscuridad... No va por ahí. Mi padecer es puramente moral, como el de usted, pero mucho más intenso y grave. Padezco porque me siento de más en el mundo y en mi familia, porque me he equivocado en todo...
—Pues si el equivocarse es motivo de padecer—replicó vivamente el tacaño,—nadie más infeliz que un servidor, porque este cura, cuando se casó, creía que tus hermanas eran unas hormiguitas capaces de guardar la Biblia, y ahora resulta...
—Mis equivocaciones, señor Marqués de San Eloy—afirmó el ciego sin abandonar su actitud, emitiendo las palabras con tétrica solemnidad,—son mucho más graves, porque afectan á lo más delicado de la conciencia. Fíjese bien en lo que voy á decirle, y comprenderá la magnitud de mis errores. Me opuse al matrimonio de mi hermana con usted, por razones diversas.
—Sí, porque ella es de sangre azul, y yo de sangre... verde cardenillo.