—Por razones diversas, digo. Llevé muy á mal la boda; creí á mi familia deshonrada, á mis hermanas envilecidas.
—Sí, porque yo daba un poquito de cara con el olor de cebolla, y porque prestaba dinero á interés.
—Y creí firmemente que mis hermanas rodaban hacia un abismo donde hallarían la vergüenza, el fastidio, la desesperación.
—Pues no parece que les ha pintado mal... el abismo de ñales.
—Creí que mi hermana Fidela, casándose por sugestiones de mi hermana Cruz, renegaría de usted desde la primera semana de matrimonio, que usted le inspiraría asco, aversión...
—Pues me parece que... ¡digo!
—Creí que una y otra serían desdichadas, y que abominarían del monstruo que intentaban amansar.
—¡Hombre, tanto como monstruo...!
—Creí que usted, á pesar de los talentos educativos de la papisa Juana, no encajaría nunca en la sociedad á que ella quería llevarle, y que cada paso que el advenedizo diera en dicha sociedad, sería para ponerle más en ridículo, y avergonzar á mis hermanas.
—Me parece que no desafino...