—Creí que mi hermana Fidela no podría sustraerse á ciertos estímulos de su imaginación, ni condenarse á la insensibilidad en los mejores años de la vida, y aplicándole yo la lógica vigente en el mundo para los casos de matrimonio entre mujer joven y bonita, y viejo antipático, creí, como se cree en Dios, que mi hermana incurriría en un delito muy común en nuestra sociedad.

—Hombre, hombre...

—Lo creí, sí, señor; me confieso de mi ruin pensamiento, que no era más que la proyección en mi espíritu del pensamiento social.

—Ya, se le metió á usted en la cabeza que mi mujer me la pegaría... Pues mire usted, jamás pensé yo tal cosa, porque mi mujer me dijo una noche... en confianza de ella para mí: «Tor, el día que te aborrezca, me tiraré del balcón á la calle; pero faltarte, nunca. En mi familia es desconocido el adulterio, y lo será siempre.»

—Cierto que ella pensaría eso; mas no se debe á tal idea su salvación. Sigo: yo creí que usted no tendría hijos, porque me pareció que la Naturaleza no querría sancionar una unión absurda, ni dar vida á un sér híbrido...

—Eh, hazme el favor de no poner motes á Valentín.

—Pues bien, señor mío, ninguna de estas creencias ha dejado de ser en mí un tremendo error. Empiezo por usted, que me ha dado el gran petardo, porque no sólo le admite la sociedad, sino que se adapta usted admirablemente á ella. Crecen como la espuma sus riquezas, y la sociedad que nada agradece tanto como el que le lleven dinero, no ve en usted el hombre ordinario que asalta las alturas, sino un sér superior, dotado de gran inteligencia. Y le hacen senador, y le admiten en todas partes, y se disputan su amistad, y le aplauden y glorifican, sin distinguir si lo que dice es tonto ó discreto, y le mima la Aristocracia, y le aclama la Clase Media, y le sostiene el Estado, y le bendice la Iglesia, y cada paso que usted da en el mundo es un éxito, y usted mismo llega á creer que es finura su rudeza, y su ignorancia ilustración...

—Eso no, no, Rafaelito.

—Pues si usted no lo cree, lo creen los demás, y váyase lo uno por lo otro. Se le tiene á usted por un hombre extraordinario... Déjeme seguir; yo bien sé que...

—No, Rafaelito: ténganme por lo que me tuvieren, yo digo y declaro que soy un bruto... claro, un bruto sui generis. Á ganar dinero, eso sí, ¡cuidado! nadie me echa el pie adelante.