—Pues ya tiene usted una gran cualidad, si es cualidad el ganar dinero á montones.

Seamos justos: en negocios... no es por alabarme... doy yo quince y raya á todos los que andan por ahí. Son unos papanatas, y yo me los paso por... Pero fuera de los negocios, Rafaelito, convengamos en que soy un animal.

—¡Oh! no tanto: usted sabe asimilarse las formas sociales; se va identificando con la nueva posición. Sea como quiera, á usted le tienen por un prodigio, y le adulan desatinadamente. Lo prueba su discurso de la otra noche, y el exitazo... Hábleme usted con entera ingenuidad, con la mano en el corazón, como se hablaría con un confesor literario: ¿qué opinión tiene usted de su discurso y de todas aquellas ovaciones del banquete?»

XI

Levantóse Torquemada, y llegándose pausadamente al ciego, le puso la mano en el hombro, y con voz grave, como quien revela un delicadísimo secreto, le dijo:

—Rafaelito de mi alma, vas á oir la verdad, lo mismísimo que siento y pienso. Mi discurso no fué más que una serie no interrumpida de vaciedades, cuatro frases que recogí de los periódicos, alguna que otra expresioncilla que se me pegó en el Senado, y otras tantas migajas del buen decir de nuestro amigo Donoso. Con todo ello hice una ensalada... Vamos, si aquello no tenía pies ni cabeza... y lo fuí soltando conforme se me iba ocurriendo. ¡Vaya con el efecto que causaba! Yo tengo para mí que aplaudían al hombre de dinero, no al hablista.

—Crea usted, D. Francisco, que el entusiasmo de toda aquella gente era un entusiasmo verdad. La razón es bien clara: crea usted que...

—Déjamelo decir á mí. Creo que todos los que me oían, salvo un núcleo de dos ó tres, eran más tontos que yo.

—Justo; más tontos, sin exceptuar ningún núcleo. Y añadiré: la mayor parte de los discursos que oye usted en el Senado son tan vacíos, y tan mal hilvanados como el de usted; de todo lo cual se deduce que la sociedad procede lógicamente ensalzándole, pues por una cosa ó por otra, quizás por esa maravillosa aptitud para traer á su casa el dinero de las ajenas, tiene usted un valor propio muy grande. No hay que darle vueltas, señor mío; y vengo á parar á lo mismo: que yo he padecido una crasa equivocación, que el tonto de remate soy yo.

Al llegar á este punto, empezó á perder aquella serenidad triste con que hablaba, y ponía en su voz con más vehemencia, mayor viveza en sus ademanes.