—¿Costará mucho la restauración?—preguntó D. Francisco con toda la seriedad del mundo, disimulando mal su desagrado por aquel imprevisto dispendio.

—Para dejarlo bien—respondió el ciego en la forma glacial propia de un sobrestante,—calculo que unos dos mil duros.

—Mucho es—afirmó el tacaño Marqués dando un suspiro.—Rebaja un poquito; no, rebaja un cuarenta por ciento lo menos. Ya ves: el llevarte á Córdoba, ya es un pico... Y como somos Marqueses, y tú de la clásica nobleza, el funeral de primera no hay quien te lo quite.

—No es usted generoso, no es usted noble ni caballero, regateándome los honores póstumos que creo merecer. Esta petición que acabo de hacerle, hícela por vía de prueba. Ahora sí que no me equivoco: jamás será usted lo que pretende mi hermana. El prestamista de la calle de San Blas sacará la oreja por encima del manto de armiño. Aún no se ha perdido toda la lógica, señor Marqués consorte de San Eloy. Lo del panteón y lo de llevarme á Córdoba es broma. Écheme usted á un muladar: lo mismo me da.

—Ea, poco á poco. Yo no he dicho que... Pero, hijo, tú estás en babia, ó te has propuesto tomarme el pelo, por decirlo así. Si no has de morirte, ni ese es el camino... En el caso de una peripecia, ¡cuidado! yo no habría de reparar...

—Á un muladar, digo.

—Hombre, no. ¡Qué pensarían de mí! Esta noche, tan pronto te da por lo poético, como por lo gracioso... Pero qué, ¿te vas al fin?

—Ahora sí que es de veras—dijo el ciego levantándose.—Me vuelvo á mi cuarto, donde tengo que hacer. ¡Ah! se me olvidaba. Rectifico lo del odio al chiquitín. No es sino en momentos breves, como el rayo. Después, me quedo tan tranquilo, y le quiero, crea usted que le quiero. ¡Pobre niño!

—Durmiendo está como un ángel.

—Crecerá en el palacio de Gravelinas, y cuando vea en aquellos salones las armaduras del Gran Capitán, de D. Luis de Requesens, Pedro de Navarro, y Hugo de Moncada, creerá que tales santos están en su iglesia propia. Ignorará que la casa de Gravelinas ha venido á ser un Rastro decente, donde se amontonan, hacinados por la usura, los despojos de la nobleza hereditaria. ¡Triste fin de una raza! Crea usted—añadió con tétrica amargura,—que es preferible la muerte al desconsuelo de ver lo más bello que en el mundo existe en manos de los Torquemadas.