Á responderle iba D. Francisco; pero él no quiso oirle, y salió tentando las paredes.

XII

Llevóle Pinto pausadamente á su cuarto del segundo, y en el principal quedó el tacaño lleno de confusión por los extravagantes conceptos que á su dichoso cuñadito acababa de oir; de la confusión hubo de pasar á la inquietud, y recelando que estuviese enfermo, subió, y con discreto golpe de nudillos llamó á la cerrada puerta.

—Rafaelito—le dijo,—¿piensas acostarte? Me inclino á creer que no estás muy en caja esta noche. ¿Quieres que avise á tus hermanas?

—No, no hay para qué. Me siento muy bien. Mil gracias por su solicitud. Pase usted. Me acostaré, sí, señor; pero esta noche no me desnudo. Me da por dormir vestido.

—Hace calor.

—Frío tengo yo.

—Y Pinto, ¿dónde está?

—Le he mandado que me traiga un poco de agua con azúcar.

Hallábase ya el ciego en mangas de camisa, y se sentó cruzando una pierna sobre otra.