—No... digo, sí... ahora que me acuerdo... (Incorporándose.) Se me olvidó darle un besito á Valentín.
—¡Qué tontería! ¿Y por eso te levantas? Yo se lo daré por tí. Adiós. Duérmete.
Salió el tacaño, y en vez de bajar, metióse en la oficina donde trabajaba el tenedor de libros. Como sintiera al poco rato los pasos de Pinto, le llamó. Díjole el criadito que D. Rafael se hallaba aún en vela, y que después de tomar parte del agua con azúcar, le había mandado por una taza de te.
—Pues tráesela pronto—le ordenó el amo,—y no te muevas del cuarto hasta que veas que está bien dormido.
Transcurrió un lapso de tiempo que el tacaño no pudo apreciar. Hallábanse él y Argüelles Mora revisando una larga cuenta, cuando sintieron un ruido seco y grave, que lo mismo podía ser lejano que próximo. Segundos después, alaridos de la portera en el patio, gritos y carreras de los criados en toda la casa... Medio minuto más, y ven entrar á Pinto desencajado, sin aliento.
—Señor, señor...
—¿Qué, con mil Biblias?
—¡Por la ventana... patio... señorito... pum!
Bajaron todos... Estrellado, muerto.
Santander. La Magdalena.—Junio de 1894.