—Hombre, Séneca no... No tergiverses...—observó el Marqués sacando la primera bota.

—Pues yo añado que la ola de estiércol ha subido tanto que ya la humanidad huele mal. Sí, señor, y es un gusto huir de ella... Sí, señor, estos Reyes modernísimos me cargan, sí, señor, sí. Cuando veo que ellos son los dueños de todo, que el Estado se arroja en sus brazos, que el Pueblo les adula, que la Aristocracia les pide dinero, y que hasta la Iglesia se postra ante su insolente barbarie, me dan ganas de echar á correr, y no parar hasta el planeta Júpiter.

—Y uno de esos Reyes de pateta soy yo... já, já...—dijo D. Francisco festivamente.—Pues bueno, como Soberano, aunque de sangre y cepa de plebe arrastrada, ordeno y mando que no digas más tonterías, y que te acuestes, y á dormir como un bendito.

—Obedezco—replicó Rafael echándose vestido sobre la cama.—Participo á usted, después de darle las gracias por haberse prestado ¡todo un señor Marqués! á ser esta noche mi ayuda de cámara, que de hoy en adelante seré la misma sumisión, y la obediencia personificada, y no daré el menor disgusto, ni á usted mi cuñado ilustre, ni á mis buenas hermanas.

Dijo esto sonriendo, los brazos rodeando la cabeza, en actitud semejante á la de la maja yacente de Goya.

—Me parece bien. Y ahora... á dormir.

—Sí, señor; el sueño me rinde, un sueño repador, que me parece no ha de ser corto. Crea usted, señor Marqués amigo, que mi cansancio pide un largo sueño.

—Pues te dejo. Ea, buenas noches.

—Adiós—dijo el ciego con entonación tan extraña, que D. Francisco, ya junto á la puerta, hubo de detenerse y mirar hacia la cama, en la cual el descendiente de los Águilas era, salva la ropa, una perfecta imagen de Cristo en el Sepulcro, como lo sacan en la procesión del Viernes Santo.

—¿Se te ofrece algo, Rafaelito?