—Adelante. No sé las veces que éste ha preguntado hoy por usted.
Érase un galancete como de treinta y tres años, guapo, de hermosura un tanto empalagosa, barba rubia, ojos rasgados, cabellera escasa anunciando ya precoz calvicie, regular estatura, y vestir atildado y correctísimo. Después de saludar á las dos damas con el desembarazo de un trato frecuente, fué á sentarse junto al ciego, y dándole un palmetazo en la rodilla, le dijo:
—Hola, perdido, ¿qué tal?
—Hoy comerá usted con nosotros... No, si no se admiten escusas. No venga usted ya con sus trapacerías de siempre.
—Me esperan en casa de la tía Clarita.
—Pues la tía Clarita que se fastidie. ¡Qué egoísmo el suyo! No, no le soltamos á usted. Proteste todo lo que quiera, y vaya haciendo acopio de resignación.
—Mandaremos un recado á Clarita—indicó Fidela conciliando las opiniones;—se le dirá que le hemos secuestrado.
—Bueno. Y añadan, en el recadito, que ustedes toman sobre sí la responsabilidad de mi falta. Y si hay chillería...
—Nosotras contestaremos con otra chillería mayor.
—Convenido.