—Nuestras relaciones—afirmó Cruz,—no dicen eso. Son personas distinguidísimas.
—No pongo en duda su distinguiduría—asentó Torquemada;—pero profeso el principio de que cada quisque debe comer en su casa. ¿Voy yo á comer á casa de nadie?
—Hay que confesar, señor maridito—le dijo Fidela pasándole la mano por el lomo,—que hoy estás graciosísimo. Si yo no quiero que gastes; si no nos hace falta coche, ni lujo, ni bambolla... Guarda, guarda tus ahorritos, bribón... ¿Sabes lo que dijo anoche Ruiz Ochoa? Que en un mes habías ganado treinta y tres mil duros.
—¡Qué barbaridad!—exclamó el usurero, levantándose impacientemente después de probar el café.—Lo diría en broma. Y con esas cuchufletas da pábulo... sí, pábulo, á vuestras ideas exageradas sobre lo que yo tengo. En fin, me voy por no incomodarme. Reasumiendo: es preciso economizar. La economía es la religión del pobre. Guardaremos el óbolo; que nadie sabe lo que vendrá el día de mañana, y cosas podrán venir que exijan éste y el otro y todos los óbolos del mundo.
Metióse gruñendo en su despacho, cogió sombrero y bastón, que era, por más señas, con puño de asta de ciervo bruñida por el uso, y se marchó á la calle, á evacuar sus negocios. Hasta más allá de la Puerta del Sol le fueron burbujeando en el magín las ideas de la viva disputa con su esposa y cuñada, y seguía disparando contra ellas una dialéctica irresistible:
—Porque no me sacarán ustedes, con todo su maquiavelismo, del sistema del gastar sólo una parte mínima, considerablemente mínima, de lo que se gana. ¡Ya...! como ustedes no tienen que discurrir para traerlo á casa, no saben lo que cuesta... Sólo me correría más de lo acordado en caso de sucesión... Eso sí, la sucesión merece cualquier dispendio considerable. Por eso me decía Valentinico anoche, cuando me quedé dormido en mi cuarto, caldeada la cabeza de tanto afilar el reverendo guarismo... Me decía dice: «Papá, no sueltes un cuarto hasta que no sepas si nazco ó no nazco... Esas bribonas de Águilas me están engañando... que hoy, que mañana, y así no puedo estar... Un pie en la eternidad y otro pie en la vida esa... vamos, que esto cansa... duele todo el cuerpo, ó toda el alma; que si el alma no tiene huesos, tiene coyunturas... y sin tener carne ni tendones, tiene cosquillas, y sin tener sangre, tiene fiebre, y sin tener piel, tiene gana de rascarse.»
VII
Casi todo el día lo pasaron las dos hermanas procurando normalizar el destemplado meollo de Rafael, para lo cual corregían la palabra descompuesta con la palabra juiciosa, y la incongruente risa con la seriedad razonable y amena. Fidela pudo más que Cruz, por disponer de más paciencia y dulzura, y tener sobre su hermano cierto poder sugestivo, cuyo origen ignoraba, conociendo muy bien sus efectos. Á la caída de la tarde, hallándose las dos cansadas de la lucha, aunque satisfechas del buen resultado, pues Rafael hablaba ya con más sentido, les llegó un refuerzo que ambas agradecieron mucho, y gozosas salieron á saludarle:
—Hola, Morentín, gracias á Dios...
—¡Pero qué caro se vende usted!