—Esto del viaje es una broma de Fidela, para asustarle á usted, D. Francisco. No necesitamos acudir á Charcot. ¡Buenos están los tiempos para gastos de viaje, y consultas con eminencias europeas! Lo que Rafael necesita principalmente es distracción, tomar mucho el aire, pasear lejos del infernal bullicio de estas calles...

—Vamos, hablando en plata, señora mía, eso es otro memorial para el coche. Al fin tendré que apencar con el vehículo.

—Pero si no hemos dicho nada de vehículo,—observó Fidela entre veras y bromas.

—¡Pasear lejos!... Sí, se va á curar Rafael con el zarandeo de la berlina... Bueno... á correrla, y no paréis hasta Móstoles.

—El coche—dijo Cruz con el tono de autoridad que no admitía réplica las pocas veces que lo empleaba, mayormente si iba acompañado de la vibración del labio,—debe ponerlo usted, y lo pondrá, yo se lo aseguro, no por nosotras ni por nuestro hermano, que bien enseñados estamos á andar á pie, sino por usted, Sr. D. Francisco Torquemada. Es indecoroso que ande hecho un azacán por esas calles un hombre de su crédito y de su respetabilidad.

—¡Ah!... ¡ah!... amiga mía—exclamó don Francisco en voz muy alta, y en tono que tanto tenía de festivo como de airado.—No me engatusa usted á mí con ese jabón que quiere darme. Seamos justos: yo soy un hombre humilde, no una entidad como usted dice. Fuera entidades y biblias... Con esa mónita, lo que hace usted es dar pábulo á los gastos. Yo no doy pábulo más que á la economía; y por eso tengo un pedazo de pan. Pero con la actitud que ustedes toman, pronto tendremos que pedirlo prestado, y no te quiero decir... ¡Deudas en mi casa!... ¡Oh! nunca... Si viene la bancarrota, vulgo miseria, usted, Crucita de mi alma, tiene la culpa... ¡Con que coche! Pues habrá coche, no para mí, que sé ganar la santísima rosca andando en el de San Francisco mi patrono, sino para ustedes, á fin de que se den todo el pisto compatible con su nueva entidad...

—Pero yo no he pedido...

—¿Cómo no? ¡Si parece que le hizo la boca un fraile! ¡Si no hay día que no me traiga una socaliña! Tirar tabiques, derribarme media finca para hacer salones... Que si la modista, que si el sastre, que si el tapicero, que si el almacenista, que si la biblia en pasta... Pues ahora, con eso de que el hermanito tiene ganas de reir, voy yo á tener que llorar, y lloraremos todos. Ya estoy viendo una serie no interrumpida de antojos, y por ende de nuevos gastos. Que es preciso distraerle; y como le gusta tanto la música, tendremos que traer aquí la orquesta del Teatro Real, y al zángano aquél, que con una varita les señala el golpe de lo que han de tocar. (Risas.) Que hay que traer un facultativo. Pues venga todo San Carlos, y lluevan honorarios... Que hay que convidar á Juan, Pedro y Diego, los amigotes que vienen á darle tertulia, poetas los unos, danzantes los otros. Pues allá te van doce ó catorce cubiertos, y la mar de platos extraordinarios para que saquen el vientre de mal año esos... pará...»

Se le atravesó la palabra, que, como de adquisición reciente, no podía ser pronunciada sin cierta precaución y estudio.

Parásitos—le dijo Fidela.—Sí que lo son algunos. Pero no hay más remedio que convidarles alguna vez, para que no vayan por ahí hablando de si en esta casa hay ó no hay tacañería.