—Ni falta que me hace.
—¿Que no? ¿Te parece que no es desairado tener que decir, cuando se habla de grandes poblaciones, «pues señores, yo no he visto más que Madrid... y Villafranca del Bierzo»?... No te hagas el zafio, que no lo eres. ¡París! Si tú lo vieras, se ensancharía el círculo de tus ideas.
—El círculo de mis ideas—dijo Torquemada, recogiendo con avidez la frase, que le pareció bonita, y quedó encasillada en su archivo de locuciones,—no es ninguna manga estrecha para que nadie me la ensanche. Cada uno en su círculo, y Dios en el de todos.
—Y una vez en París—añadió la esposa con ganas de trastear dulcemente á su marido,—no nos volveríamos sin dar una vueltecita por Bélgica, ó por el Rhin.
—Sí, para vueltecicas estamos...
—Si es baratísimo... Y también nos llegaríamos á Suiza.
—Sí, y á las Ventas de Alcorcón.
—Ó haríamos la excursión del Palatinado bávaro, de Baden y la Selva Negra.
—Sí, y la de la selva blanca; y luego nos llegaremos al Polo Norte y á la Patagonia, y volveríamos á casa por la Osa Mayor. Y al llegar aquí, yo tendría que pedir un jornal en las obras del Ayuntamiento para mantener á la familia, ó una plaza de Orden Público...»
Las dos damas celebraron con francas risas esta ocurrencia, y Cruz puso fin á la contienda del modo más razonable: