—Como que va parando en sermón. Querido Rafael, yo te aseguro que si estuviéramos en aquel momento histórico, como diría quien yo me sé, tu santa palabra obraría prodigios sobre las conciencias de tanto perdulario. Pero, chico, el mundo ha variado mucho, y ahora tenemos tanta moralidad, que las picardías conyugales han venido á ser un mito.

—No es verdad eso. Ahora, como antes, los hombres, sobre todo si están entre la juventud y la madurez, profesan los principios más contrarios á la buena organización de la familia. Hoy, por ejemplo, ha de correr muy válido entre los perdidos como tú, el principio..., lo llamo principio para expresar mejor la fuerza que tiene... el principio de que la mujer unida por vínculo indisoluble á un hombre viejo, feo, antipático, grosero, avaro y brutal, está autorizada para consolarse de su desgracia... con un amante.

—Hombre, ni antes ni ahora se ha creído eso.

—Autorizada, sí, por esa moral de circunstancias, que profesáis los hombres de mundo, ley que os permite dar bulas para deshonrar, para robar y cometer mil infamias. No me lo niegues. Hay indulgencias, revestidas de lástima piadosa, para la mujer que se halla en la situación que he dicho, quizás sacrificada á intereses de familia...

—¿Pero á qué viene todo eso, Rafael?—dijo Morentín, ya receloso y sobresaltado, deseando cortar á todo trance una cuestión que le iba resultando muy desagradable.—Hablemos de cosas más amenas, más oportunas, no traídas por los cabellos, ni...

—¡Oh! ninguna más oportuna que ésta—gritó Rafael, que si hasta entonces había hablado con serenidad, ya comenzaba á encalabrinarse, inquieto de manos y pies, balbuciente de palabra, como que iba llegando al punto que quemaba.—No necesito buscar ejemplos, ni teorizar tontamente, porque la triste realidad me da la razón. Voy á tratar de un hecho, Pepe, y ahora necesito de toda tu sinceridad, y de todo tu valor.

—Hombre, ¿quieres irte á donde fué el padre Padilla?—dijo Morentín sulfurado, como queriendo ahogar la cuestión.—He venido aquí á pasar un rato agradable contigo, no á discurrir sobre abstracciones quiméricas.

—¿Qué... te vas? (Levantándose.)

—No, estoy aquí. (Deteniéndole.)

—Un momento más, un momento, y luego te dejo en paz. Me sentaré otra vez. Hazme el favor de ver si andan por ahí mis hermanas.