—Que no... Pero podrían venir...
—Pues antes de que vengan, te digo que una lógica inflexible, la lógica de la vida real, que hace derivar un hecho, de otro hecho, como el hijo se deriva de la madre, y el fruto de la flor, y ésta del árbol, y el árbol de la simiente..., esa lógica, digo, contra la cual nada puede nuestra imaginación, me ha revelado que mi infeliz hermana... ¡Triste cosa es descubrir estas realidades vergonzosas dentro de nuestra propia familia; pero es más triste desconocerlas estúpidamente!... Soy ciego de vista, pero no de entendimiento. Con los ojos de la lógica veo más que nadie, y les añado el lente de la experiencia para ver más... Pues he visto, ¿cómo lo diré? he visto que á mi pobre hermana la coge de medio á medio aquel principio, llamémoslo así, y que alentada por la indulgencia social, se permite...
—¡Calla! ¡Esto no se puede tolerar!—exclamó Morentín furioso, ó hablando como si lo estuviera.—¡Injurias infamemente á tu hermana!... ¿Pero has perdido el juicio?
—No lo he perdido. Aquí lo tengo, y bien seguro... Dime la verdad... Confiésalo... Ten grandeza de alma.
—¿Qué he de confesarte yo, desdichado, ni qué sé yo de tus locuras?... Déjame, déjame. No puedo estar contigo, ni acompañarte, ni oirte.
—Ven acá, ven acá...—dijo el ciego, asiéndole el brazo, y apretando con tan nerviosa fuerza que sus dedos parecían tenazas.
—Basta de tonterías, Rafael... ¿Qué delirio es éste? (Forcejeando.) Te digo que me sueltes.
—No te suelto, no. (Apretando más.) Ven acá... Pues me levanto yo también, y me llevarás pegado á tí como tu remordimiento... ¡Farsante, libertino, oye, quiero decírtelo en tu cara, pues no tienes tú valor para confesarlo!...
—¡Majadero, lunático...! ¿Yo...? ¿qué dices?
—Que mi hermana... no lo repito; no...