—Un amante... ¡qué sandez!
—Sí, sí, y ese amante eres tú. No me lo niegues. Si te conozco. Si sé tus mañas, tu relajación, tu hipocresía. Amores ilícitos, siempre que no se llegue al escándalo...
—Rafael, no me irrites... No quiero ser severo contigo. Merecías...
—Confiésamelo, ten grandeza de alma.
—No puedo confesarte lo que es invención de tu mente enferma... Vamos, Rafael, suéltame...
—Pues confiésamelo.
Enlazados brazo con brazo, jadeantes y enardecidos los dos, Rafael queriendo atenazar á su amigo con nerviosa fuerza, el otro defendiéndose sin gran vigor por no provocar una escena ruidosa, por fin pudo más Morentín, obligando al ciego á caer rendido en el sillón, y sujetándole para que no braceara.
—Eres un malvado y no tienes el valor de tu crimen—dijo Rafael con voz ahogada, sin poder respirar.—Confiesa, por Dios...
—Yo te juro, te juro, Rafael—replicó el otro, suavizando la voz cuanto podía,—que has pensado, y dicho una tremenda impostura...
—Es verdad, por lo menos en la intención...