—Ni en la intención ni en nada... Cálmate. Me parece que vienen tus hermanas.

—¡Dios mío, lo veo tan claro, tan claro...!

Por grande que fué la cautela de Morentín, no pudo impedir que algún eco de la reyerta llegase al oído vigilante de Cruz, la cual acudió presurosa, y al entrar hubo de comprender, por la palidez de los rostros, y el habla balbuciente, que entre los dos cariñosos amigos había surgido alguna desavenencia, y el motivo era sin duda de verdadera gravedad, pues uno y otro, cuando disputaban de filosofía, ó de música, ó de cría caballar, no perdían su serenidad ni el acento de broma mesurada y de buen tono.

—Nada, no es nada—dijo Morentín, respondiendo al asombro y á las preguntas de la dama.—Es que éste tiene unas cosas...

—¡Es más terco este Pepito!...—murmuró Rafael en tono de niño mimoso.—¡No querer confesarme...!

—¿Qué?

—Por Dios, Cruz, no haga usted caso—replicó el amigo recobrándose en un momento, y componiendo voz, modales y rostro.—Si es una tontería... ¿Pero usted creyó que nos habíamos incomodado?

Miraba Cruz á uno y otro, sin poder adivinar con todo su talento el carácter de la disputa.

—Como si lo viera. Tanto furor por la música de Wagner, ó por las novelas de Zola.

—No era eso.