—¿Pues qué? Necesito saberlo. (Á Rafael, pasándole la mano por la cabeza y sentándole el pelo.) Si tú no me lo dices, me lo dirá Pepe.
—No, lo que es ese no ha de decírtelo...
—Figúrese usted, Cruz, que me ha llamado hipócrita, libertino, y qué sé yo qué. Pero no le guardo rencor. Me enfadé un poquito por... vamos, por nada. No se hable más del asunto.
—Yo sostengo todo lo que dije—afirmó Rafael.
—Y yo te juro, y vuelvo á jurarte una y cien veces, que no soy culpable.
—¿De qué?
—Del delito de lesa nación—repuso desahogadamente Morentín, armando la mentira con gentil travesura.—Se empeña ese en que yo soy cómplice... fíjese usted, Cruz, cómplice, nada menos, de los que han dado la razón al Quirinal contra el Vaticano, en la cuestión de competencia entre las dos embajadas. Que traigan el Diario de Las Sesiones... ¡Ah! que vaya Pinto á buscarlo á casa. Allí se verá que he suscrito el voto particular. El jefe dejó libre la cuestión, y yo, naturalmente...
—Podías haber empezado por ahí—contestó el ciego aceptando la fórmula de engaño.
—Siempre he pensado lo mismo. Vaticano for ever.
No muy satisfecha de la explicación, y el ánimo agobiado de recelos y aprensiones, retiróse la dama, y fué tras ella Morentín, confirmando lo dicho. Pero ni aun con esto se tranquilizó, y no cesaba de presagiar nuevas complicaciones y desastres.