—Pienso, amiga mía, que sus nervios no son un modelo de subordinación, que mientras viva en esta casa, viendo, digo mal, sintiendo junto á sí á personas que...

—Basta... Es mucha manía la de mi hermano. Mi marido le trata con las mayores deferencias. No merece, no, esa antipatía, que ya toca en aborrecimiento.

—No toca, excede al mayor aborrecimiento: digamos las cosas claras.

—Pero usted, hombre de Dios, usted, que es su amigo, y tiene sobre él un cierto ascendiente, debe inculcarle...

—Si le inculco todo lo inculcable, y le sermoneo, y le regaño... y como si nada... Su marido de usted es un hombre bueno... en el fondo. ¿No es eso? Pues yo se lo digo en todos los tonos. ¡Vamos, que si D. Francisco oyera los panegíricos que yo le hago, y tuviera que pagármelos en alguna forma...! No, lo que es en moneda no pretendería yo que me los pagase...

—Ni usted lo necesita. Es usted más rico que nosotros.

—¿Más rico yo?... Aunque usted me lo jure, yo no he de creerlo... Mi riqueza consiste en la conformidad con lo que tengo, en la falta de ambición, en las poquitas ideas que he podido juntar, leyendo algo y viviendo algos... en fin, que espiritualmente, mis capitales no son de despreciar, amiga mía.

—¿Acaso los he despreciado yo?

—Usted, sí. ¿No me decía el sábado que vivo apegado á las cosas materiales...?

—No dije eso. Tiene usted mala memoria.