—¿Pero lo que usted dice, aunque lo diga en broma, se puede olvidar?
—¡No tergiversarme las cuestiones, ea! Dije que usted desconoce la escuela del sufrimiento, y que cuando no se ha seguido esa carrera, amigo mío, que es dura, penosísima, y en ella se ganan los grados con sangre y lágrimas, no se adquiere la ciencia del espíritu.
—Justo; y añadió usted que yo, mimado de la fortuna, y sin conocer el dolor más que de oídas, soy un magnífico animal...
—¡Jesús!
—No, no se vuelva usted atrás...
—Sí, dije animal; pero en el sentido de...
—No hay sentido que valga. Usted dijo que soy un animal.
—Quise decir... (Riendo.) ¡Pero qué hombre éste! Animal es lo que no tiene alma.
—Precisamente es lo contrario... a... ni... mal, con ánima, con alma.
—¿Eso quiere decir? Pues ¡ay! me vuelvo atrás, me retracto, retiro la palabra. ¡Pero qué desatinos digo, Morentín! Usted no me hace caso ¿verdad?