—Si no me pico, si por el contrario, me agrada que usted me llene de injurias... Y volviendo á la orden del día, ¿de dónde saca usted que yo no conozco el dolor?

—No me he referido al de muelas.

—El dolor moral, del alma...

—¿Usted?... ¡Infeliz, y cómo desvanece la ignorancia! ¿Qué sabe usted lo que es eso? ¿Que calamidades ha sufrido usted, qué pérdida de seres queridos, qué humillaciones, qué vergüenzas? ¿Qué sacrificios ha hecho, ni qué cálices amargos ha tenido que echarse al coleto?

—Todo es relativo, amiga mía. Cierto que si me comparo con usted, no hay caso. Por eso es usted una criatura excelsa, superior, y yo un triste principiante. Bien sé que todavía, por lo poquito que voy aprendiendo en esa escuela, no soy, como la persona que me escucha, digno de admiración, de veneración...

—Sí, sí, écheme usted bastante incienso, que bien me lo merezco.

—Quien ha pasado por pruebas tan horrorosas, quien ha sabido acrisolar su voluntad en el martirio primero, en el sacrificio después, bien merece reinar en el corazón de todos los que aman lo bueno.

—Más, más humo. Me gusta la lisonja, mejor dicho, el homenaje razonado y justo.

—Y tan justo como es en el caso presente.

—Y otra cosa le voy á decir á usted, porque yo soy muy clara, y digo todo lo que pienso. ¿No le parece á usted que la modestia es una grandísima tontería?