—¡La modestia!... (Desconcertado.) ¿Por qué lo dice usted?
—Porque yo arrojo esa careta estúpida de la modestia para poder decir... vamos, ¿lo digo?... para poder afirmar que soy una mujer de muchísimo mérito... ¡Ay, cómo se reirá usted de mí, Morentín!... No me haga usted caso.
—¡Reirme!... Usted, como sér superior, está, en efecto, relevada de tener modestia, esa gala de las medianías, que viene á ser como un uniforme de colegio... Sí, sea usted inmodesta, y proclame su extraordinario mérito, que aquí estamos los fieles para decir á todo amén, como lo digo yo, y para salir por esos mundos declarando á voz en grito que debemos adorarla á usted por su perfección espiritual, por su maestría en el sufrimiento, y por su belleza incomparable.
—Mire usted—dijo Fidela echándose á reir con gracejo,—no me ofendo porque me llamen hermosa. Más claro, ninguna se ofende, pero otras disimulan su gozo con dengues y monerías, que impone esa pícara modestia. Yo no: sé que soy bonita... ¡Ah! no me haga usted caso. Bien dice mi hermana que soy una chicuela... Pues sí soy bonita, no un prodigio de hermosura, eso no...
—Eso sí. Hermosa sobre todo encarecimiento, de un tipo tan distinguido, y tan aristocrático...
—¿Verdad que sí?
—Como que no lo hay semejante ni aun parecido en Madrid.
—¿Verdad que no?... ¡Pero qué cosas digo! No me haga usted caso.
—Por todas esas prendas del alma y del cuerpo, y por otras muchas que usted no manifiesta, con exquisito pudor de la voluntad, merece usted, Fidela, ser la persona más feliz del mundo. ¿Para quién es la felicidad, si no es para usted?
—¿Y quien le dice al Sr. Morentín, que no ha de ser para mí? ¿Cree que no me la he ganado bien?