—Que vaya usted, señor de Zárate.

—Voy.

—Anda, anda; luego lo contarás.

Y cuando se quedó solo con Morentín, prosiguió Rafael el cuento:

—Ello es la extravagancia más donosa de nuestro jabalí, que cegado por la vanidad, y desvanecido por su barbarie, que se desarrolla en la opulencia como un cardo borriquero en terreno cargado de basura, pretende que la Naturaleza sea tan imbécil como él. Escucha, y asegúrate primero de que nadie nos oye. Él divide á los seres humanos en dos grandes castas ó familias: poetas y científicos. (Estrepitosa risa de Morentín.) Y quería que Zárate le diese su opinión sobre una idea que él tiene. Verás qué idea, y cáete de espaldas, hombre.

—Cállate, cállate; de tanto reirme, me va á dar la gastralgia. He comido muy bien... Á ver, sigue: esto es divino...

—Verás qué idea. Pretende que puede y debe haber ciertas... no recuerdo el término que usó..., reglas, procedimientos, algo así... para que los hijos que tenga un hombre, salgan científicos, y en ningún caso poetas.

—Cállate...—gritaba Morentín en las convulsiones de una risa desenfrenada.—Que me da, que me da la gastralgia.

—¿Pero están locos aquí?—dijo Cruz asomando á la puerta del cuarto su rostro, en que se pintaba un vivo sobresalto.

Desde que la insana hilaridad del ciego, á primera hora de aquel día, llenó su alma de recelo y turbación, no podía oir risas sin estremecerse. ¡Cosa más rara! Y por la noche, el que reía era Morentín, contagiado sin duda del pobre amigo enfermo, que entonces al parecer disfrutaba de una alegría dulce y sedante.