—¡Sabe; vaya si sabe! ¡oh!—exclamó Torquemada, demostrando una admiración que no solía conceder sino á muy contadas personas.

Cruz, que se había levantado de la mesa poco antes, para dar una vuelta á su hermano, volvió diciendo:

—Pues ahí tienen ustedes al prodigio de Zárate... Ha entrado ahora, y está conversando con Rafael.

Celebraron todos la aparición del sabio, particularmente D. Francisco, que le mandó recado con Pinto para que fuese á tomar una taza de café, ó una copita; pero Cruz dispuso que el café se le mandase al cuarto del ciego, á fin de no privar á éste de aquel ratito de distracción. Ofrecióse Morentín á relevar la guardia, para que Zárate pudiera pasar al comedor, y allá se fué. En un momento que juntos estuvieron los tres amigos, Morentín dijo al sabio:

—Chico, que vayas, que vayas á tomar café. Tu amigo te llama.

—¿Quién?

—Torquemada, hombre. Quiere que le expliques lo que significa Mecenas. Yo creí morir de risa.

—Pues acaba de contarme Zárate—dijo Rafael, ya completamente repuesto del arrechucho de la tarde,—que ayer se le encontró en la calle y... Que te lo cuente él.

—Pues me paró, nos saludamos, y después de preguntarme no sé qué de la atmósfera, y de responderle yo lo que me pareció, se descuelga con esta consulta: «Dígame, Zárate, usted que todo lo sabe. ¿Cuando nacen los hijos, mejor dicho, cuando los hijos están para nacer, ó verbigracia, cuando...?»

Pinto abrió la puerta, diciendo con mucha prisa: