—Hijo de mi alma—dijo Fidela gozosa, poniéndole la mano en el hombro.—Mecenas quiere decir: protector de las letras.

—Atiza. ¡Y yo, sin saberlo, he protegido las letras! Como no sean las de cambio. Bien decía yo, debe de ser cosa de soltar cuartos... Jamás oí tal término, ni Cristo que lo fundó. Me... cenas. Es decir, convidarles á cenar á esos badulaques de poetas... Pues señor, bien... ¿Y qué va uno ganando con ser Mecenas?

—La gloria...

—Como quien dice, el beneplácito...

—¿Qué beneplácito, ni qué niño muerto? La gloria, hombre.

—Pues el beneplácito, el qué dirán, si lo que se dice es en alabanza mía... Cúmpleme declarar con toda sinceridad, á fuer de hombre verídico, que no quiero la gloria de ensalzar poetas. No es que yo los desprecie, ¡cuidado! Pero hay aquí dentro de mí más compatibilidad con la prosa que con el verso... Los hombres que á mí me gustan, mejorando lo presente, son los hombres científicos, como nuestro amigo Zárate.

Y al nombrarle, levantóse en la mesa un tumulto de alabanzas.

—¡Zárate, oh, sí!... ¡qué chico de tanto mérito!

—¡Qué saber para tan corta edad!

—No tan corta, amiga mía. Es de nuestro tiempo. Rafael y yo le tuvimos de compañero en el Noviciado. Después él entró en la Facultad de Ciencias, y nosotros en la de Derecho.