—Á ver, á ver: cuéntanos el sablazo que te han dado hoy.
—¿Hoy también sablazo?—dijo Donoso.—Ya se sabe: es el mal de la época. Vivimos en plena mendicidad.
—El sablazo es la forma incipiente del colectivismo—opinó Morentín.—Estamos ahora en la época del martirio, de las catacumbas. Vendrá luego el reconocimiento del derecho á pedir, de la obligación de dar, la ley protegerá el pordioseo, y triunfará el principio del todo para todos.
—Ese principio ya está sobre el tapete—dijo Torquemada,—y á este paso, pronto no habrá otra manera de vivir que el sablazo bendito. Yo me pinto solo para pararlos: como que casi nunca me cogen; pero el de hoy, por tratarse de un chico huérfano, hijo de una señora muy respetable, que pagaba sus deudas con una puntualidad... vamos, que era la puntualidad personificada... pues por ser el chico muy modosito y muy aplicadito, me dejé caer, y le dí tres duros. Me había pedido ¿para qué creerán ustedes? Para publicar un tomo de poesías.
—¡Poeta!
—De estos que hacen versos.
—¡Pero hombre—observó Fidela,—tres duros para imprimir un libro...! La verdad, no te has corrido mucho.
—Pues muy agradecido debió de quedar ese ángel de Dios, porque me ha escrito una carta, dándome las gracias, y en ella, después de echarme mucho incienso, me llama... vamos, usa un término que no entiendo.
—Á ver, ¿qué es?
—Perdonen ustedes mi ignorancia. Ya saben que no he tenido principios, y aquí para inter nos confieso mi desconocimiento de muchos vocablos, que jamás se usaron en los barrios y entre las gentes que yo trataba antes. Díganme ustedes qué significa lo que me ha llamado el boquirrubio ese, queriendo sin duda echarme una flor... Pues me ha dicho que soy su... Mecenas. (Risas.) Sáquenme, pues, de esta duda que ha venido atormentándome toda la tarde. ¿Qué demonios quiere decir eso, y por qué soy yo Mecenas de nadie...?