—Pues á ganar mucho dinero, Tor, pero mucho—dijo Fidela con alegre semblante.—Me declaro apasionada del vil metal, y lo defiendo contra los sentimentales, como este Morentín, que está por lo espiritual y etéreo... ¡Los intereses materiales... qué asco!... Pues yo me paso al campo del sórdido positivismo, sí señor, y me vuelvo muy judía, muy tacaña, muy apegada al ochavo, y más al centén, y sobre todo al billete de mil pesetas, que es mi delicia.

—¡Graciosísima!—decía Morentín, contemplando la cara extática de D. Francisco.

—Con que ya lo sabes, Tor—prosiguió la dama.—Tráeme á casa mucha platita, orito en abundancia, y resmas de billetes, no para gastarlos en vanidades, sino para guardar... ¡Qué gusto! Morentín, no se ría usted; digo lo que siento. Anoche soñé que jugaba con mis muñecas, y que les ponía una casa de cambio... Entraban las muñecas á cambiar billetes, y la muñeca que dice papa y mama, cambiaba, descontando el veintisiete por ciento en la plata, y el ochenta y dos en el oro.

—¡Así, así!—exclamó Torquemada, partiéndose de risa.—Eso es limar para dentro, á lo platero, considerablemente, y barrer para casa.

Durante la comida, á la que concurrió también Donoso, estuvo D. Francisco de buen temple, decidor y festivo.

—Como Donoso y Morentín son de confianza—dijo al segundo ó tercer plato,—puedo manifestar que este principio ó lo que sea... Cruz, ¿cómo se llama esto?

Relevé de cordero á la... romana.

—Pues por ser á la romana, yo se lo mandaría al Nuncio, y á esa cocinera de mil demonios, la pondría yo en la calle. Si esto no es más que huesos.

—Tonto, se chupan—dijo Fidela,—y están riquísimos.

—El chupar digo yo que no es meramente para principio, ea... En fin, tengamos paciencia... Pues señor, como iba diciendo...