—Enséñemelo usted, pues por maestra la proclamo. Bien sé yo en qué puede consistir la felicidad para mí. ¿Se lo digo?
—No, porque podría usted decir algo contrario á lo que constituye la felicidad para mí.
—¿Usted qué sabe, si no lo he dicho todavía? Y sobre todo, ¿á usted qué le importa que mis ideas sobre la felicidad sean un disparate? Figúrese usted que...
Cortó bruscamente la cláusula el ruido de un pisar lento y pesadote, de calzado chillón sobre las alfombras. Y hé aquí que entra Torquemada en el gabinete, diciendo:
—Hola, Morentinito... Bien ¿y en casa?... Me alegro de verle.
X
—No tanto como yo de verle á usted. Ya le echábamos de menos, y yo le decía á su esposa que los negocios le han entretenido á usted hoy fuera de casa más que de costumbre.
—En seguida comemos... ¿Y tú qué tal? Has hecho bien en no salir á paseo. Un día infernal. Me he constipado. Antes, andaba todo el día de ceca en meca aguantando fríos y calores considerables, y no me acatarraba nunca. Ahora, en esta vida de estufas y gabanes, con el chanclo y el paraguas, siempre está uno con el moco colgando... Pues estuve en casa de usted, Morentín. Tenía que ver á D. Juan.
—Creo que papá vendrá esta noche.
—Me alegro. Tenemos que evacuar un asuntillo... No hay más remedio que buscar con candil los buenos negocios, porque las necesidades crecen como la espuma, y en esta vida... ¡de marqueses! cada satisfacción cuesta un ojo de la cara...