—¿Cree usted—prosiguió el pedante,—que Gladstone se saldrá al fin con la suya? La cuestión es grave, gravísima, como que en aquel país la tradición tiene una fuerza increíble.

—Inmensísima.

—¿Y usted cree posible...? Usted, permítame que se lo diga... yo digo todo lo que siento..., posee el juicio más claro que conozco, y un golpe de vista certero en todo asunto en que se ponen en juego grandes intereses... Ya sabe usted que Gladstone...

Teniendo aquel clavo ardiente á que agarrarse, pues por la mañana había aprendido en El Imparcial cosas muy chuscas, D. Francisco le quitó la palabra de la boca á su consultor, y relumbrando de erudición, la cabeza echada atrás, el tono enfático y presumido, se dejó decir:

—Ese Gladstone... ¡qué hombre! Todas las mañanas, después del chocolate, coge un hacha, corta un arbolito de su jardín y lo parte para leña. Verdaderamente, un hombre que hace leña es una entidad de mucho empuje.

—¿Y no cree usted que hallará grandes dificultades en la Cámara de los Lores?

—¡Oh! sí, señor. ¿Qué duda tiene? Los lores, vulgo los doce pares, entiendo yo que son allá lo que aquí es el Senado, y el Senado, velis nolis, siempre tira para atrás... Y á propósito: he leído que Irlanda es país de excelentes patatas, que constituyen, por decirlo así, la principal alimentación de las clases irlandesas, vulgo populares. Y esa bebida que llaman whisky, tengo entendido que la sacan del maíz, del cual grano hacen gran consumo para la crianza de los de la vista baja, y también para la alimentación de criaturas y personas mayores.

XII

De aquí tomó pie la viviente enciclopedia para lanzarse á una disertación fastidiosísima sobre la introducción en Europa del cultivo de la patata, lo que Torquemada oyó con verdadero embeleso; y como el sabio, en su divagar sin freno, saltara á Luis XVI, se encontraron ambos de patitas en la revolución francesa, cosa muy del gusto de D. Francisco, que deseaba dominar materia tan traída y llevada en toda conversación fina. Hablaron largo y tendido, y aun hubo un poquito de controversia, pues Torquemada, sin querer entrar en el fondo de la cuestión (frase adquirida en aquellos días), abominó de los revolucionarios y de la guillotina. Algo hubo de transigir el otro, movido de la adulación, diciendo con criterio modernista:

—Por cierto que, como usted sabe muy bien, se va marchitando la leyenda de la revolución francesa, y al desvanecerse el idealismo que rodeaba á muchos personajes de aquel tiempo, vemos descarnada la ruindad de los caracteres.