—Pues claro, hombre, claro. Lo que yo digo...

—Los estudios de Tocqueville...

—¿Pues qué duda tiene?... Y bien se ve ahora que muchos de aquellos hombres, adorados después por las multitudes inconscientes, eran unos pillos de marca mayor.

—D. Francisco, yo le recomiendo á usted que lea la obra de Taine...

—Si la he leído... No, miento: esa no; ha sido otra. Tengo muy mala memoria para el materialismo de cosas de lectura... Y mi cabeza, velis nolis, se ha de aplicar á estudios de otra substancia ¿eh?

—Naturalmente.

—Pero yo digo siempre que tras de la acción viene necesariamente la reacción... Si no, ahí tiene usted á Bonaparte, vulgo Napoleón, el que nos trajo á Pepe Botellas... el vencedor de Europa como quien dice, hombre que empezó su carrera de simple artillerito, y después...

—Cosas de gran novedad para D. Francisco—dijo Zárate á propósito de Napoleón, y el bárbaro las oía como la palabra divina, aventurando al fin una idea, que expuso á la consideración de su oyente con toda solemnidad, poniéndole ante los ojos una perfecta rosquilla, formada con los dedos índice y pulgar de la mano derecha.

—Creo y sostengo... es una tesis mía, señor de Zárate, creo y sostengo que esos hombres extraordinarios, grandes, considerablemente grandes en la fuerza y en el crimen, son locos...

Quedóse tan satisfecho, y el otro, que estaba al corriente de lo moderno, espigando todo el saber en periódicos y revistas, sin profundizar nada, desembuchó las opiniones de Lombroso, Garófalo, etcétera, que Torquemada aprobó plenamente haciéndolas suyas. Zárate fué á parar después al contrasentido que suele existir entre la moral y el genio, y citó el caso del canciller Bacon (Béicon) á quien puso en las nubes como inteligencia, y arrastró por el suelo como conciencia.