—Y yo supongo—añadió,—que usted habrá leído el Novum organum.
—Me parece que sí... Allá en mis tiempos de muchacho—replicó Torquemada, pensando que aquellos órganos debían de ser por el estilo de los de Móstoles.
—Dígolo porque usted, en lo intelectual ¡cuidado! es un discípulo aventajadísimo, del canciller... en lo moral, no, ¡cuidado!...
—¡Ah! le diré á usted... Mi maestro fué un tío cura, que metía las ideas en la mollera á caponazo limpio, y yo tengo para mí que mi tío había leído á ese otro sujeto, y se lo sabía de memoria.
El tiempo transcurría dulcemente en esta sabrosa charla, sin que ni uno ni otro hablador se cansase; y sabe Dios hasta qué hora hubiera durado la conferencia, si no distrajesen á D. Francisco asuntos más graves que debía tratar sin pérdida de tiempo con otras personas, al efecto citadas en su casa. Eran éstas D. Juan Gualberto Serrano, padre de Morentín, y el marqués de Taramundi, que con Donoso y Torquemada, formaron cónclave en el despacho.
Al quedarse solo, Zárate cayó como la langosta sobre otros grupos que en la casa había, siendo de notar que si algunas personas, teniéndole por oráculo, le soportaban y hasta con gusto le oían, otras huían de él como de la peste. Cruz no le tragaba, procurando siempre poner entre su persona y la sabiduría torrencial de aquel bendito la mayor distancia posible. Fidela y la mamá de Morentín tuvieron que aguantar el chubasco, que empezó con la música wagneriana, y acabó con el fonógrafo de Edisson, pasando por las afinidades electivas de Goethe, la teoría de los colores del mismo, las óperas de Bizet, los cuadros de Velázquez y Goya, el decadentismo, la seismometría, la psiquiatría y la encíclica del Papa. Fidela hablaba de todo con donosura, haciendo gracioso alarde de su ignorancia, así como de sus atrevidísimas opiniones personales. En cambio la señora de Serrano (de la familia de los Pipaones, injerta con la rama segunda de los Trujillos), andaba tan corta de vocabulario, que no sabía decir más que: enteramente. Era en ella una muletilla para expresar la admiración, la aquiescencia, el hastío, y hasta el deseo de tomar una taza de té.
Á Rafael consiguió su hermana Cruz traerle al gabinete, y allí el ánimo del pobre ciego pareció que entraba en caja después de los desórdenes neuróticos de aquel día. Entretenido y hasta gozoso pasó la velada, sin que asomara en él síntoma alguno de sus raras manías, lo que tranquilizó grandemente al amigo Morentín, pues la matraca de aquella tarde habíale llenado de zozobra.
Cerca ya de las once, Fidela, fatigada, mostró deseos de retirarse. Como eran todos de confianza, con perfecta unanimidad, según frase de Zárate, declararon abolida toda etiqueta que ocasionase molestias á los dueños de la casa.
—Enteramente—dijo con profunda convicción la mamá de Morentín.
Y éste, dadas las buenas noches á Fidela, que se fué á su alcoba cayéndose de sueño, propuso una partida de bezigue á la marquesa de Taramundi. Eran las doce y media, y no había terminado la conferencia que los padres graves sostenían en el despacho. ¿Qué tratarían? Nada supieron los tertulios, ni en verdad les importaba averiguarlo, aunque sospechaban fuese cosa de negocios en grande escala. Al salir del despacho, los conferenciantes hablaron de volver á reunirse en casa de Taramundi al siguiente día, y tocaron todos á retirada. Morentín y Zárate se marcharon, como de costumbre, al Suizo, y por el camino dijéronse algo que no debe quedar en secreto.