—Tenga ó no que ver, el billar se pondrá, porque es indispensable en la casa de un hombre como usted, llamado á ser potencia financiera de primer orden, de un hombre que ha de ver su casa invadida por banqueros, senadores, ministros...

—Cállese usted, cállese usted... Ni qué falta me hacen á mí esas potencias... Si soy un pobre busca-vidas... Ea, seamos justos, Crucita, y no perdamos de vista el verdadero objetivo. Cierto que debo ponerme en buen pie, y ya lo he hecho; pero nada de lujo, nada de ostentación, nada de bambolla. Mire usted que nos vamos á quedar por puertas. Pues digo, ¿y también quiere ensancharme la sala y el comedor?

—También.

—Pues negado, re-Cristo, negado, y aquí termina la presente historia. No quito un ladrillo, aunque usted se me ponga en jarras. Ea, me atufé. Soy el amo de mi casa, y aquí no manda nadie más que... un servidor de usted... No hay derribo, vulgo ensanche. Recojamos velas y habrá paz. Yo reconozco en usted un talento sui generis; pero no me doy á partido..., y mantengo enhiesta la bandera de la economía. Punto final.

—Si creerá que me convence con ese desplante de autoridad—dijo la dama imperturbable, envalentonándose gradualmente.—Si lo que ahora niega lo ha de conceder, es más, lo está deseando.

—¿Yo? Apañada está usted.

—¿No me ha dicho que transige según las circunstancias?

—Sí; pero no transigiré con quedarme sin camisa. Lo más, lo más... Vamos, yo digo que cuando tengamos aumento de familia, consentiré en modificar el domicilio, no al tenor que usted pide, sino á otro tenor más conforme con mis cortos posibles. Y hemos acabado.

—Si ahora empezamos, mi Sr. D. Francisco—replicó Cruz riendo,—porque si para que yo pueda coger la piqueta demoledora, es preciso que haya esperanzas de sucesión, hoy mismo mando venir los albañiles.

—¡Con que ya...!—exclamó Torquemada abriendo mucho los ojos.