Volado estaba D. Francisco; pero Cruz se le imponía por su arrogancia, por su brutal lógica, y el tacaño no acertaba á defenderse de su autoridad, que tantas veces había reconocido.

—Pero... admitiendo la tesis de que nos quedemos con los tabacos... No hay más si no que yo acaricio esa idea hace tiempo, y bien podría ser que cuajara. Bueno; pues partiendo del principio de que convenga ensanchar el despacho, ¿no sería mejor agregarme la habitación próxima?

—No señor. Usted se va arriba con sus trastos de fabricar millones—dijo la dama en tono autoritario, que casi casi rayaba en insolencia,—porque esta pieza y la próxima, las pienso yo unir, derribando el tabique.

—¿Para qué, re-Cristo?

—Para hacer un billar.

Tan tremenda impresión hizo en el bárbaro el osado y dispendioso proyecto de su hermana política que en un tris estuvo que el hombre no pudiera contenerse y le diese una bofetada. Breve rato le tuvo congestionado y mudo la indignación. Buscó un término que fuese duro y al mismo tiempo cortés, y no encontrándolo, se rascaba la cabeza y se daba palmetazos en la rodilla.

—Vamos—gruñó al fin, levantándose,—no me queda duda de que usted se ha vuelto loca... loca de remate, por decirlo así. ¡Un billar, para que cuatro zánganos me conviertan la casa en café! Bien conoce usted que no sé ningún juego... no sé meramente más que trabajar.

—Pero sus amigos de usted, que también trabajan, juegan al billar, pasatiempo grato, honestísimo, y muy higiénico.

Don Francisco, que en aquellos días, espigando en todas las esferas de ilustración, se encariñaba con la higiene, y hablaba de ella sin ton ni son, soltó la risa.

—¡Higiénico el billar! ¡vaya una tontería!... ¿Y qué tiene que ver el billar con los miasmas?