—Pues vengo á decir á usted que ya no podemos seguir viviendo en esta estrechez—replicó ella, derecha al bulto, queriendo amedrentarle por la rapidez y energía del ataque.—Necesito esta habitación, que es una de las mejores de la casa.
—¡El despacho...! Pero señora... ¡Cristo! ¿me voy á trabajar á la cocina?
—No señor. No se irá usted á la cocina. En el segundo piso, tiene usted desalquilado el cuarto de la derecha.
—Que renta diez y seis mil reales.
—Pero en lo sucesivo no le rentará á usted nada, porque lo va usted á destinar á las oficinas...
Ante embestida tan arrogante, D. Francisco se quedó aturdido, balbuciente, como torero que sufre un revolcón, y no acierta á levantarse del suelo.
—Pero, hija mía... ¿y qué oficinas son esas?... ¿Esto es acaso el Ministerio de Estado, ó como dicen en Francia, de los Negocios Extranjeros?
—Pero es el de los grandes negocios de usted, señor mío. ¡Ah! estoy bien enterada, y me alegro, me alegro mucho de verle por ese camino. Ganará usted dinerales. Yo me comprometo á empleárselos bien, y á presentarle á usted ante el mundo con la dignidad que le corresponde... No, no hay que poner esa cara de paleto candoroso, que le sirve para fingirse ignorante de lo que sabe muy bien... (Sentándose familiarmente.) Si no hay misterios conmigo. Sé que se quedan ustedes con la contrata de tabaco Virginia y Kentucky, y también con la del Boliche. Me parece muy bien... Es usted un hombre, un gran hombre, y no se lo digo por adularle, ni porque me agradezca el interés que me he tomado por usted, sacándole de la vida mezquina y cominera, para traerle á esta vida grande, apropiada á su inmenso talento mercantil. (Torquemada la oye estupefacto.) En fin, que usted necesita una oficina de mucha capacidad. Vamos á ver: ¿dónde colocará los dos escribientes y el tenedor de libros que piensa traer? ¿En mi cuarto? ¿en el que tenemos para la ropa?
—Pero...
—No hay peros ni manzanas. Empiece por instalar en el segundo su oficina, con su despacho particular, pues no tiene gracia que reciba usted delante de los dependientes, á las personas que vienen á hablarle de algún asunto reservado. El tenedor de libros estará solo. ¿Y la caja, señor mío, la caja, no necesita otra habitación? ¿Y el teléfono, y el archivo, y los copiadores y el cuarto del ordenanza?... ¿Ve usted como necesita espacio? Operar en grande y vivir en chico no puede ser. ¿Es decoroso que tenga usted sus dependientes en los pasillos, muertos de frío, como ese banquero de cuyo nombre no me acuerdo ahora?... ¡Ah! si yo no existiera, á cada momento se pondría el señor de Torquemada en ridículo. Pero no lo consiento, no señor. Usted es mi hechura (con gracejo), mi obra maestra, y á veces tengo que tratarle como á un chiquillo, y darle azotes, y enseñarle los buenos modos, y no permitirle mañas...»