—¿Y no se te ocurre, pedazo de bruto, que tú, sin saberlo ejerces sobre ella la influencia psíquico-mesmérica?
—Mira, Zárate (quemado), vete al cuerno con tus terminachos, que tú mismo no entiendes. Ojalá reventaras de un atracón de ciencia mal digerida.
—¡Acéfalo!
—¡Pedantón!
—¡Romancista!
La última nota de la disputa la dió la puerta vidriera del café, cerrándose tras ellos con rechinante estrépito...
XIII
La única persona que en la casa tenía noticia de lo que trataban aquellos días con gravedad y misterio los Torquemadas, Serranos y Taramundis, era Cruz, porque su amigo Donoso, que con ella no tenía secretos, la puso al tanto de los planes que debían aumentar fabulosamente, en tiempo breve, los ya crecidos capitales del hombre cuyos destinos se habían enlazado con el destino de las señoras de Águila. Y estas noticias, tan oportunamente adquiridas por la dama, diéronle extraordinaria fortaleza de ánimo para seguir abriendo brecha en la tacañería de D. Francisco, y recabar de él la realización de sus proyectos de reforma, atenta siempre al engrandecimiento de toda la familia, y en particular del jefe de ella.
Robustecida su natural bravura con aquellas ideas, y con otra, no sugerida ciertamente por Donoso, embistió á Torquemada, cogiéndole una mañana en su despacho, cuando más metido estaba en el laberinto de guarismos que en diferentes papelotes ante sí tenía.
—¿Qué bueno por aquí, Crucita?—dijo el tacaño en tono de alarma.