No se atrevió el bárbaro á defenderse con la negativa rotunda, y dando un puñetazo sobre la mesa, confesó de plano.
—¿Y qué?... ¿Tiene algo de particular este arbitrio? ¿Voy á tirar mis intereses por la ventana? ¡Dice usted que traspase! ¿Pero cómo?... ¿á deprecio? Eso nunca. Cuando se ha ganado lo que se ha ganado con el sudor del rostro, no se traspasa con pérdida... Eso que lo hagan los tontos... Ea, señora, bastante hemos hablado.
—No se sulfure, pues no hay para qué. Esto no lo sabe nadie. Fidela no lo sospecha, y puede usted estar tranquilo, que yo no he de decírselo. Si se enterara, la pobrecita tendría un gran disgusto. Tampoco lo sabe Donoso.
—Pues que lo sepa, ¡ñales! que lo sepa.
—Puede que algún malicioso le haya llevado el cuento; pero él no lo habrá creído. Tiene de su amigo concepto tan alto, que no da oídos á ninguna especie denigrante de las que corren acerca de usted, puestas en circulación por los envidiosos de su prosperidad. Nadie más que yo tiene noticia de esas miserias de su pasado, y si usted insiste en sostenerlas, yo le guardaré el secreto, hasta le ayudaré á guardarlo, para evitarme y evitar á la familia la vergüenza que á todos nos toca...
—Bueno, bueno—dijo Torquemada impaciente, febril, con ganas de coger el pesado tintero y estampárselo en la cabeza á su tirana.—Ya estamos enterados. Soy dueño de mis arbitrios, y hago con ellos lo que me da la gana.
—Me parece justo, y no seré yo quien á ello se oponga. ¿Cómo he de oponerme, si yo miro por sus intereses más que usted mismo? Bueno... pues aunque no haga usted caso de mí cuando le propongo limpiarse de esa lepra del préstamo usurario y vil, continuaré proporcionándole, con ayuda del amigo Donoso, los negocios limpios como el sol, los que dan tanta honra como provecho. Yo pago mal por bien. No me importa que usted relinche cuando le quiero llevar por el camino bueno: que quieras que no, por el camino derecho ha de ir usted. ¡Si al fin ha de convencerse de que soy un oráculo! ¡Y no tendrá más remedio que seguir mis inspiraciones... y concluirá por no respirar sin permiso mío...!
Dijo esto último con tan buena sombra, que el bárbaro no pudo menos de echarse á reir, aunque la ira le relampagueaba todavía en los ojos. La dama dió bruscamente otro sesgo á la conversación, saliendo por donde menos pensaba el tacaño.
—Y á propósito—le dijo:—aunque estoy muy incomodada con usted, porque estima sus antiguos manejos de prestamista en más que el decoro de su posición actual, voy á darle una buena noticia. No se la merece usted; pero yo soy tan buena, tan compasiva, que me vengaré de sus mordiscos con un abrazo, un abrazo moral, y si se quiere con un beso, un beso moral ¡cuidado!
—¿Á ver, á ver...?