—Pues sepa el Sr. D. Francisco que he encontrado un comprador para los terrenos que posee allá por las Ventas del Espíritu Santo.

—¡Pero si ya tenía comprador, criatura! Vaya unas novedades que me trae doña Crucita.

—¡Simple, si sabré yo lo que digo! El comprador á que usted se refiere es Cristóbal Medina, que ofrece real y cuartillo por pie.

—Cierto; y yo me resisto á dárselo, reservándome hasta encontrar quien me ofrezca dos reales.

—Bonito negocio. Usted compró ese terreno, es decir, se lo adjudicó por una deuda, á razón de doscientas y tantas pesetas la fanega.

—Justo.

—Y la semana pasada, Cristóbal Medina le ofreció á real y medio el pie, y yo... yo, en el presente momento histórico, le ofrezco á usted dos reales...

—¡Usted!

—No, hombre, no sea usted materialista. ¿Yo qué he de ofrecer...? ¿Voy yo á levantar barrios?

—¡Ah! ¿Su amigo de usted, ese Torres...? Ya, emprendedor, hormiguilla como él solo... Me gusta, me gusta ese sujeto.