—Pues anoche le ví en casa de Taramundi. Hablamos; díjome que no tiene inconveniente en tomar todo el terreno á dos reales pie, pagando ahora la tercera parte al contado, asegurando por medio de escritura el pago de los otros dos tercios en las fechas que se acuerden, á medida que edifique, y... En fin, me ha escrito esta carta en la cual consigna su proposición, y añade que si usted accede, por su parte queda cerrado el trato.
—Venga, venga la carta—dijo Torquemada inquieto y ansioso, cogiendo de manos de Cruz el papel que ésta con coquetería de mujer negociante le mostraba. Y rápidamente pasó la vista por las cuatro carillas del pliego, enterándose en un breve momento histórico, de los puntos principales que contenía. «Pago al contado de la tercera parte..., construcción de un palacio entre jardines, que se llamaría villa Torquemada, el cual, á tasación de arquitecto, se adjudicaría en pago del otro tercio... Hipoteca del mismo terreno para responder del tercer plazo, etcétera...»
—¿Y por el corretaje de ese negocio no merezco nada?—dijo Cruz con gracejo.
—El negocio, sin ser considerable, no es malo, no, en tesis general... Lo examinaré despacio, haré mis cuentas...
—¿No merezco siquiera que el nombre de Torquemada, unido hoy al nombre y casa del Águila, sea borrado del infame cartel que dice: casa de préstamos?
—¿Pero qué tiene que ver...? ¡Bah! Usted ve mosquitos en el horizonte... Tan honrado es ese negocio como otro cualquiera, como el que hace el reverendísimo Banco de España. La diferencia consiste en que en los ventanales magníficos del Banco no se ven capas colgadas. ¡Vaya una importancia que da usted á las apariencias! Son su bello ideal. Yo no miro á las apariencias, sino á la substancia...
—Pues le diré á Torres, que renuncie al negocio de los terrenos, porque es usted un judío, y le hará cualquier enjuague. Si yo, cuando me pongo á ser mala, lo soy de veras. Usted no sabe la que le ha caído encima conmigo. Ó marchamos por la senda constitucional, esto es, del decoro, ó tendremos siete disgustos cada día.
—¡Crucita de todos los demonios, y de la Biblia en pasta, y de la Biblia en verso, y de los santísimos ñales del archipiélago..., digo, del archipámpano de Sevilla! no le diga usted á Torres sino que se vea conmigo esta misma tarde, porque su proposición me ha entrado por el ojo derecho, y quiero que tratemos y nos entendamos...
—Bueno, señor... cálmese... siéntese. No rompa la mesa á puñetazos, que tendrá que comprar otra, y le sale peor cuenta.
—Es que usted no me deja vivir... á mi modo... Reasumiendo: á eso de las casas de préstamos, yo le echaré tierra...