—Por mucha tierra que usted le eche, siempre olerá mal el negocio. Á traspasar se ha dicho.

—Calma... seamos justos. Hay que esperar una buena ocasión... Transigiremos. Vaya; déjeme seguir algún tiempo más con esa... con esa viña, y accedo á que tomen ustedes el abono que, por mor... quiero decir, por razón de su luto, dejan los Medinas en la ópera del Príncipe Alfonso.

—Pero si el abono lo hemos tomado ya.

—¿Sin mi permiso?

—Sin su permiso... No se tire usted de los pelos, que se va á quedar calvo. Pues no faltaba más sino que usted negara tal cosa siendo del gusto de Fidela. La pobre necesita expansión, oir buena música, ver á sus amigas.

—Maldita sea la ópera y el perro que la inventó... Crucita, no me sofoque más... Mire que me voy del seguro, y... Ya no puedo más... Me llevan ustedes á la bancarrota. De nada me vale trabajar como un negro, porque cuarto ganado, cuarto que ustedes me gastan en pitos y en flautas. Para meter en cintura á mis señoras del Águila, debiera yo hacerles una trastada del tenor siguiente: darles el abono, sí, pero quitándoselo del plato, y de la vestimenta.

—Eso no puede ser, pues no vamos á ir al teatro con los estómagos vacíos, ni vestidas de mamarrachos...

—Nada, nada, que me arruinan. Porque el abono á la ópera, trae mil y mil goteras... vulgo arrumacos, guantes, qué sé yo. Bueno, hijas, bueno, empeñaré mi gabán el mejor día. Á eso vamos.

—El día que sea preciso—dijo Cruz festivamente,—coseré para afuera.

—No, no lo diga en broma. Á este paso la vida es un soplo... Y lo que es yo, no me comprometo á la manutención de la familia.