—En segunda, con billete de ida y vuelta.
—Eso no puede ser. Vaya, tendré que coger el bastón de mando... ¡En segunda! No se puede tolerar que así olvide usted el decoro de su nombre. Déjeme á mí todo lo concerniente al viaje. No iremos á San Sebastián, ni á Biarritz, lugares de ostentación y farsa; nos instalaremos modestamente en una casita de Hernani... Ya la tengo apalabrada.
—¡Ah! ¿usted, por sí y ante sí, había dispuesto...?
—Por mí y ante mí. Y todo eso, y aún mucho más, que callo ahora, tiene usted que agradecerme. Con que chitón...
—Es que...
—Digo que no se hable más del asunto, y que yo me encargo de todo... Ya... por usted iríamos en la perrera. Bonita manera de corresponder á la opinión, que ve en usted...
—¿Qué ve, qué puede ver en mí, ¡ñales en polvo!, más que un desgraciado, un mártir de las ideas altanerísimas de usted, un hombre que está aquí prisionero, con grillos y esposas, y que no puede vivir en su elemento, ó sea el ahorro... la mera economía del ochavo, que se gana con el santo sudor?...
—¡Hipócrita... comediante! Si no gasta ni el décimo de lo que gana—contestó la autócrata con brío.—Si ha de gastar más, muchísimo más. Váyase preparando, pues he de ser implacable.
—Máteme usted de una vez... pues soy tan bobo, que no sé resistirle, y me dejo desnudar, y dar azotes, y desollar vivo.
—Si ahora empezamos. Y le participo que sus hijos saldrán á mí, quiero decir, que saldrán á su madre. Serán Águilas, y tendrán todo mi sér, y mis pensamientos...