—¡Mi hijo ser Águila...!—exclamó Torquemada fuera de sí.—¡Mi hijo pensar como usted... mi hijo desbalijándome!... ¡Oh! señora, déjeme en paz, y no pronuncie talas herejías, porque no sé... soy capaz de... Que me deje le digo... Esto es demasiado... Me ciego, se me sube la sangre á la cabeza.

—¡Qué tonto!... ¿Pues qué más puede desear?—dijo la dama, mirándole risueña y maleante desde la puerta.—Águila será... Águila neto. Lo hemos de ver... lo hemos de ver.

Por todo pasaba D. Francisco menos porque se creyera que su hijo presunto había de ser otro que el mismo Valentín, reencarnado, y vuelto al mundo en su prístina forma y carácter, tan juicioso, tan modosito, con todo el talento del mundo para las matemáticas. Y tan á pechos lo tomaba el muy simple, que si Cruz hubiera insistido en aquella broma, de fijo se habría desvanecido el sortilegio que subordinaba una voluntad á otra, y recobrada la libertad, el tacaño habría puesto su mano vengativa en la tirana que le atormentaba. Volvíase tarumba con semejante idea. ¡Su hijo, su Valentín ser Águila, en vez del Torquemadita fino que andaba por los ámbitos de la Gloria, esperando su nueva salida al mundo de los vivos! No, hasta ahí podían llegar las bromas. Pasóse toda aquella tarde sumergido en tristes meditaciones sobre aquel caso, y por la noche, después de trabajar á solas en su despacho del segundo, se metió en el gabinete reservado del mismo piso, donde conservaba el bargueño de marras, y sobre él la imagen fotográfica del chico, aunque ya despojado totalmente de las apariencias de altarucho. Paseándose de un ángulo á otro de la estancia, dió el usurero todas las vueltas y contorsiones imaginables á la idea en mal hora expresada por su hermana política.

—¡Vaya, que decir que tú serás Águila! ¿Has visto que insolencia?

Miró al retrato fijamente, y el retrato callaba, es decir, su carita compungida no expresaba más que una preocupación muda y discreta. Desde que se acentuó el engrandecimiento social y financiero de su papá, Valentinico hablaba poco, y por lo común no respondía más que sí y no á las preguntas de D. Francisco. Verdad que éste no pasaba las noches en aquella estancia luchando con el insomnio rebelde, ó con la fiebre numérica.

—¿No oyes lo que te digo? Que serás Águila. ¿Verdad que no? (Creyendo ver en el retrato una ligera indicación negativa.) Claro: lo que yo decía. Es un desatino lo que piensa esa buena señora.

Volvió á su despacho, y estuvo haciendo cuentas más de media hora, recalentándose el cerebro. De pronto, los números que ante sí tenía empezaron á voltear en espantoso vórtice, que los hacía ilegibles, y de en medio de aquel polvo que giraba como á impulso de un huracán, saltó Valentinito dando zapatetas, y encarándose con el autor de sus días (todo esto en el centro del papel), le dijo: «Papá, yo quiero dir en ferrocarril...»

Luchó el buen señor un instante con aquella juguetona imagen, y la desvaneció al fin pasándose la mano por los ojos y echando hacia atrás su pesada cabeza. El ordenanza se le acercó para decirle que las señoras, sentadas ya en la mesa, le aguardaban para comer. Gruñó Torquemada al oir afirmar al sirviente que ya le había llamado tres veces, y al fin desperezóse, y con paso y actitudes de embriaguez bajó al principal por la escalera de servicio que al objeto se había construído. Por el camino iba diciendo: «Que quiere correrla en ferrocarril... ¡Bah! gaterías de su madre... Todavía no ha nacido, y ya me lo están echando á perder.»

V

Todo Mayo y parte de Junio dedicólos don Francisco con alma y vida á la Sociedad formada para la explotación del negocio de la contrata, y con ayuda de Donoso, emulando los dos en actividad é inteligencia, armaron toda la maquinaria administrativa, la cual, si respondía en los hechos á su perfecto organismo, había de marchar como una seda. Á Torquemada correspondía la alta gerencia del negocio, como principal capitalista. Donoso se encargaba de las relaciones de la Sociedad con el Estado, y de toda gestión oficinesca. Taramundi corría con las compras del artículo en Puerto Rico, y Serrano en los Estados Unidos, donde tenía un primo establecido, con casa de comisión, en Brooklyn.