—Pues ponte ahora á combinar cantidades; ponte y verás.

Don Francisco se frotaba las manos, añadiendo por vía de síntesis:

—Quedamos en que no es Águila, en que será quien es, y no puede ser otro.

Algo más pensaban decir marido y mujer sobre el extraño caso; pero les distrajo de su coloquio un coche cargado de gente que por la carretera de San Sebastián venía, en dirección al pueblo, y oyeron alegres voces que con estruendo les saludaron. Hallábanse sentados en una pradera junto al camino, al pie de un corpulento castaño, y cuando el charabán pasó delante de ellos, reconocieron entre la turbamulta que venía en la delantera y en los asientos laterales, algunas caras amigas.

—¡Oh! Morentín—dijo don Francisco.

Y Fidela:

—¡Ah! Infante, Malibrán.

Y se encaminaron al pueblo, del cual distaban medio kilómetro, tardando bastante en llegar, porque la señora, en aquellos meses, no se distinguía por la rapidez de sus movimientos.

En la casa encontraron á los amigos que de San Sebastián habían ido de asalto: Morentín con su mamá, Manolo Infante, Jacinto Villalonga, Cornelio Malibrán, dos chicos y una chica de Pez, Manuel Peña y su mujer Irene, y alguno más que no consta en autos.

—¿Y á toda esta caterva tenemos que darle de comer?—preguntó angustiado D. Francisco.