—Hijo, sí; no hay más remedio. Pero se reparten. Verás como algunos se van á casa de Severiano Rodríguez ó del General Morla.
—Siempre nos tocarán los más alborotadores en el hablar y los menos moderados en el comer. Y no viene Zárate, que es, de toda esta taifa, el único que me gusta, por ser muchacho tan científico.
Con las visitas, pasaron las señoras muy entretenidas la tarde, y D. Francisco pudo hablar de negocios con Morentín, que le dió noticias de su diligente papá, ya dispuesto á salir de Londres en dirección á España. Animóse Rafael con la charla de sus amigos, oyendo con especial gusto á Infante y á Villalonga, que contaron mil divertidas historias de la sociedad de Biarritz y San Sebastián. Hablóse también de política, y al anochecer se fueron con la misma algazara que habían traído para acá.
Si la tarde fué placentera para el pobre ciego, por la noche notóle su hermana muy inquieto, con cierta reversión á las antiguas manías que ya parecían olvidadas. Hablaba de carretilla, reía desaforadamente, y á cada momento nombraba á Morentín para ridiculizarle y poner en solfa sus palabras.
—¿Pero no es el amigo que más quieres?... ¿Por qué te ha entrado ahora esa absurda antipatía?—le dijo su hermana Cruz, á solas, dándole de cenar.
—Fué mi amigo. Ya no lo es, ni puede serlo. Y no creas; me temía yo que recalase por aquí. Era de absoluta lógica que viniese, traído por sus malos pensamientos.
Y en lo que siguió diciendo, demostraba, más que antipatía, un odio insano tan violento en la forma, que Cruz sintió renovados sus temores de otros días, y se dispuso á pasar una mala noche, en compañía del infeliz joven. En efecto, no bien se retiraron su hermana y D. Francisco, fuese al cuarto de Rafael, que era un gabinete bajo con ventana al jardín, rodeada de madreselvas; y hallándole muy despabilado, sin ganas de dormir, le propuso quedarse ambos de tertulia hasta que les rindiese el sueño. La noche, como de Agosto, era calurosa. Mejor que dando vueltas en la cama, la pasarían tomando el fresco, respirando el aire embalsamado del jardín, y oyendo cantar á las ranas, que en una charca próxima entonaban su gárrulo himno á la tibia noche.
Aceptó gozoso Rafael lo propuesto por su hermana. Sentada ésta junto al alfeizar, procediendo con rapidez y autoridad, para no darle tiempo á pensar sus respuestas, le acometió con bravura desde el primer momento:
—Vamos á ver, Rafael: vas á decirme ahora mismo, clarito, pero muy clarito, y sin rodeos ni atenuaciones, por qué se ha trocado en aborrecimiento el cariño que tenías á tu amigo Morentín. ¿Qué te ha hecho?
—Á mí, nada.