Rafael se aproximó también á la ventana. En aquel instante, como si los sentimientos de Cruz se le comunicaran por misterio magnético, sintió asimismo lástima del hombre que odiaba.
—Entre, D. Francisco—le dijo, pensando que la ilustre familia hambrienta había engañado á su favorecedor, utilizándole para redimirse, y que después de sacarle de su elemento para hacerle infeliz, le cubría de una ridiculez más grave que la que él había echado sobre ella. Entráronle deseos de reconciliarse con el bárbaro, guardando siempre la distancia, y de devolverle en forma de amistad compasiva la protección material que de él recibía.
Como ambos hermanos insistieran en llevarle á su lado, no pudo ser insensible el tacaño á estas demostraciones de afecto, y entró, echando peste contra el clima del país vasco, contra los alimentos, y sobre todo contra las pícaras aguas, que eran, sin género de duda, las peores del mundo.
—Está usted aquí fuera de su centro—díjole Rafael, que por primera vez en su vida le hablaba con afabilidad.—No puede usted vivir alejado de sus queridos negocios.
Oyendo esto, Cruz tuvo una inspiración, y al instante saltó de la voluntad á la palabra.
—Don Francisco, ¿quiere que nos vayamos mañana?
Tanta sorpresa causó al aburrido negociante la proposición, que no creyó que su cuñada le hablaba formalmente.
—Usted me busca el genio, Crucita.
—Y la verdad—indicó Rafael;—para lo que hacemos aquí... Fresco no lo hay; en cambio abundan los mosquitos, y otra casta de alimañas peores, los amigos importunos y mortificantes.
—Eso es hablar como la Biblia.