—La noche está pesada y bochornosa; cosa muy rara en este país—observó Cruz.—Mañana habrá tormenta y refrescará el tiempo.
—¡Vaya una noche!—murmuró el tacaño.—¡Y para esto abandona uno aquel Madrid tan cómodo...!
Salió al jardín en mangas de camisa, con un chaquetón sobre los hombros, la gorra de seda en la coronilla. Desde la ventana en que los dos hermanos se hallaban silenciosos, respirando el aire tibio, aromatizado por las madreselvas, veían pasar el sombrajo negro de D. Francisco que se paseaba lentamente, y oían su tosesilla, y el rechinar del menudo guijo bajo su planta procerosa.
La noche era toda calma, tibieza y solemne poesía. El aire inmóvil y como embriagado con la fragancia campesina, dormitaba entre las hojas de los árboles, moviéndolas apenas con su tenue respiración. El cielo profundo, sin luna y sin nubes, se alumbraba con el fulgor plateado de las estrellas. En la obscura frondosidad de la tierra, arboledas, prados, huertas y jardines, los grillos rasgaban el apacible silencio con el chirrido metálico de sus alas, y el sapo dejaba oir, con ritmo melancólico, el son aflautado que parece marcar la cadencia grave del péndulo de la eternidad. Ninguna otra voz, fuera de éstas, sonaba en cielo y tierra.
Largo tiempo estuvieron Cruz y Rafael contemplando las sombras del jardín, y la figura de D. Francisco que iba y venía, también con mesurado ritmo, de un extremo á otro, pasando y repasando como ánima de pecador insepulto que viene á pedir que le entierren. Movida de un estado particularísimo de su ánimo, y por efecto también quizás de la serenidad poética de la noche, Cruz sintió pena intensísima ante aquel hombre, abrumado por la nostalgia. Consideró que si por él había salido de la espantosa miseria la noble familia del Águila, ésta debía corresponderle dándole la felicidad que merecía. Y en vez de procurarlo así, la directora del cotarro le contrariaba llevándole á grandezas sociales que repugnaban á sus hábitos y á su carácter. ¿No era más humano y generoso dejarle cultivar su tacañería, y que en ella se gozara, como el reptil en la humedad fangosa? Porque, á mayor abundamiento, el pobre hombre, sacado de su natural esfera, sufría los mordiscos de la calumnia, y si dejaba de ser ridículo en una forma, lo era en otra. ¿No tenía ella la culpa de todo, por meterse á encumbradora de gente baja, y por querer hacer de un zafio un caballero y un prohombre? Este remusguillo de su conciencia, y la compasión vivísima que hacia su hermano político sintió en aquella hora solemne de la noche de verano, moviéronla á dirigirle palabras afectuosas. Echando su cuerpo fuera de la ventana, le dijo:
—¿No teme usted, D. Francisco, que el sereno le haga daño? No hay que fiarse mucho de los calores de esta tierra.
—Estoy bien—replicó el tacaño, aproximándose á la ventana.
—Me parece que ha salido usted con poco abrigo. Por Dios, no nos coja usted un reuma, ó un catarro fuerte.
—Pierda cuidado. Tendría que ver que por huir de aquel calorcito de Madrid, tan agradable, y, por más que digan, higiénico, viniese uno á enfermar en los calores húmedos de esta tierra, tan sumamente acuática.
—Vale más que entre usted aquí, y nos acompañaremos los tres hasta que tengamos sueño.