—Bueno, bueno: no te incomodes. Admito que tengas razón en lo que á mi hermana se refiere. ¿Y me respondes tú de las intenciones de Morentín?
—De eso, ¿cómo he de responder yo? Siempre me ha parecido decente y delicado.
—Pues yo que le conozco, porque ambos hemos sido compañeros de aventuras, en tiempos que no han de volver, y que ahora, en el archivo de mis recuerdos, son una gran enseñanza, yo te aseguro que la corrupción mansa, la que no se siente, la que devora sin ruido y á veces sin el escándalo más ligero, anida en su alma. Sin que Morentín me haya dicho nada, sé que pretende deshonrarnos, que cree segura la victoria más temprano ó más tarde. Si no se jacta de haber triunfado ya, tampoco negará honradamente, cuando le feliciten por una conquista que algunos darán por hecha, todos, todos por probable. ¡Ay! horroriza el considerar que aunque mi hermana fuese una santa, y Morentín un modelo de virtudes, el mundo, atento á la composición de este matrimonio y á la vida ostentosa que lleváis, tendrá siempre por hecho inconcuso lo que Malibrán ha dicho. Y no puedes ya evitar que corra y se propague el rumor infamante. Ni conseguirás rectificar lo que tú crees error... y lo será por el momento.
—Por el momento no, por siempre. ¡También tú...! No parece sino que tomas partido por los difamadores. Esto es intolerable, Rafael. Se trata de una calumnia ¿sí ó no? Pues si es calumnia; si la inocencia de nuestra hermana resplandece como el sol, y antes que dudar de ella dudaría yo de que existe un Dios justiciero y misericordioso; si ella es honrada, digo, y los que la calumnian dignos de las penas del Infierno, la verdad ha de brillar tarde ó temprano, y el mundo ha de reconocerla y acatarla.
—No la reconocerá. El mundo procede con una lógica que él mismo se ha creado para juzgar cosas y personas. Te concedo que es una lógica construída con artificios; pero es... y quítale de la cabeza á la opinión su infame idea. No puedes, no puedes. Para evitar esto habría convenido seguir viviendo en la obscuridad modesta, después de esa malhadada boda. Pero en el torbellino de la sociedad, en medio de este boato, cultivando las relaciones antiguas y buscando otras nuevas, no hay medio de sustraerse á la atmósfera total, querida hermana. La atmósfera total nos envuelve: en ella flotan los placeres, las satisfacciones de la vanidad; flota también el veneno, el microscópico bacillus que nos mata, en medio de tantas alegrías. Mujer joven y guapa, sensible, rodeada de lisonjas, sin ocupaciones domésticas; marido viejo y ridículo, brutalmente egoísta y en absoluto desprovisto de todo atractivo personal... ya se sabe... saca la consecuencia. Si no es, tiene que ser. El mundo lo sanciona antes que suceda, y lo autoriza, y hasta parece que lo decreta, como si hubiera, en esa constitución oculta de las conciencias del día, un artículo que expresamente lo mandara. Esto lo he visto yo hace tiempo; éste fué uno de los inconvenientes más graves que ví en la boda de mi hermana. Ahora, sufrir y callar.
—No, yo no sufro ni callo—replicó Cruz sobreponiéndose á la turbación que aquel asunto le causaba.—Yo desprecio la calumnia. Dios quiera que á los oídos de Fidela no llegue jamás; pero si llegara, la despreciará como yo, y como tú... Te prohibo hablar de esto; es más, te prohibo pensar...
—¡Pensar! ¡Prohibirme pensar! Eso sí que no puede ser. No pienso en otra cosa. Es lo único en que puedo ocuparme, y si no fuera por el trabajar de la mente, ¿con qué mataría yo, pobre ciego, el fastidio de la obscuridad? Te prometo revelarte todo lo que vaya descubriendo.
—No, no descubrirás, no podrás descubrir nada—dijo la dama nerviosa y con ganas de reñir.—Y cuanto discurras será obra exclusivamente tuya, de tu pobrecita mente aburrida, holgazana, traviesa. Te lo prohibo, Rafael; sí, te prohibo pensar en eso.»
Sonreía el ciego sin articular sílaba, y su hermana suspiraba, masticando las frases dichas anteriormente, y otras que intentó decir, quedándose con la primera palabra en la boca. Así transcurrió un mediano rato, y ya iban á romper los dos con nuevos argumentos, cuando oyeron ruido en las habitaciones altas, donde el matrimonio dormía, y á poco sintieron el paso grave de D. Francisco bajando la escalera. Salió Cruz á su encuentro, temerosa de que ocurriese alguna novedad, pero él la tranquilizó diciéndole:
—No es nada. Fidela duerme como una bendita, pero yo con la calor y un infame mosquito que me ha estado dando murga toda la noche, no he podido pegar los ojos, hasta que al fin, cansado del ardor de las sábanas, me bajo á tomar el fresco en el jardín.