—Es que... te lo diré si no te enfadas... yo no creo que esa deshonra sea tan inmotivada como tú la presentas...
—¡Pero tú...! (Indignada.) ¡Crees... también tú!
Furiosa le cogió del brazo sacudiéndole con brío, única manera de contestar á la infame reticencia.
VII
—Ten calma, y déjame expresar todo lo que discurro—agregó Rafael tomando resuello, pues le faltaba el aliento, tanto como á su hermana.—En conciencia te digo que el caso es perfectamente lógico. Déjame hablar. El caso es un producto de la vida social, de la corrupción de las costumbres, del trastorno de la idea moral. Cuando nuestra hermana se casó, dije yo: «Esto tiene que ser...» y ha sido tal como lo pensé. Desde este antro obscuro de mi ceguera lo veo todo, porque pensar es ver, y nada se escapa á mi segura lógica, nada, nada. Esa deshonra era un hecho forzoso. En casa teníamos todos los elementos para que surgiera. Naturalmente... ha surgido, sin que nadie pueda evitarlo... Ya, ya sé lo que vas á decirme.
—No lo sabes, no lo sabes—replicó la dama con acento firme y altanero.—Lo que tengo que decirte es que nuestra hermana es más pura que el sol. En ningún caso dudaría de su perfecta, de su absoluta honradez; menos puedo dudar de ella, viviendo, como vivo, siempre al lado suyo. Ninguno de sus actos, ni aun sus pensamientos más recónditos, me son desconocidos. Sé lo que piensa y siente, como sé lo que siento y pienso yo misma. Y nada, absolutamente nada existe que pueda servir de fundamento á tan vil especie.
—Te concedo que en el terreno de los hechos no hay motivo para...
—Ni en ningún otro terreno.
—En el de la intención, en el de la voluntad...
—Ni en ese, ni en ningún otro existe la menor sombra de mancha. Fidela es la pureza misma; quiere y estima á su marido, que en su tosquedad es muy bueno para ella, y para toda la familia. Que no vuelva yo á oirte semejante disparate, Rafael, ó no respondo de tratarte con la blandura que acostumbro usar contigo.