—Si ahora le tenemos tranquilo, y no nos da ninguna guerra—le decía Fidela,—¿por qué temes...?
—La calma bochornosa suele anunciar grandes tempestades. Prefiero verle nerviosillo y un poco charlatán, á que se nos encierre en ese spleen sombrío, con apariencias sospechosas de buen juicio en lo poco que habla. En fin, Dios dirá.
En todo Septiembre tuvo D. Francisco el gusto de no ver á muchas personas de las que ordinariamente iban á la casa, y que rodaban todavía por playas y balnearios, algunos en París; y aumentó su gusto la única excepción de aquella desbandada, Zárate, que por la escasez que suele acompañar á la sabiduría, no veraneaba más que quince ó veinte días en El Escorial ó Colmenar Viejo. Buenos ratos pasó el tacaño con su amigo y consultor científico, casi solos todas las noches, platicando sobre temas sabrosísimos, como la cuestión de Oriente, los abonos químicos, la redondez de la tierra, el Papado en sus relaciones con el Reino de Italia, las pesquerías del Banco de Terranova... En aquella temporada de fecundos progresos, aprendió D. Francisco dicciones muy chuscas, como la tela de Penélope, enterándose del por qué tal cosa se decía, la espada de Damocles, y las kalendas griegas. Además leyó por entero El Quijote, que á trozos conocía desde su mocedad, y se apropió infinidad de ejemplos y dichos, como las monteras de Sancho, peor es meneallo, la razón de la sinrazón, y otros que el indino aplicaba muy bien, con castellana socarronería, en la conversación.
Charla que te charla, hablaron de Rafael, haciendo notar Zárate que sus apariencias de sosiego mental no inspiraban confianza á la hermana mayor, á lo que contestó D. Francisco que su cuñado no regía bien del cerebro, y que más tarde ó más temprano había de salir con alguna gran peripecia.
—Pues yo tengo sobre esto una opinión—dijo Zárate,—que me aventuro á consultar con usted á condición de absoluta reserva. Es una opinión mía; quizás me equivoque; pero no renuncio á ella mientras los hechos no me demuestren lo contrario. Yo creo... que nuestro joven no está loco, sino que lo finge, como lo fingía Hamlet, para despacharse á su gusto en el proceso de un drama de familia.
—¡Drama de familia! Aquí no hay drama ni comedia de familia, amigo Zárate—replicó don Francisco.—No hay más sino que el caballero aristócrata y un servidor de usted hemos estado de puntas... Pero ya parece que se da á partido y yo me dejo querer... Naturalmente, más vale que haya paz en casa. Esta es la razón de la sinrazón, y no digo nada de las inconveniencias y tonterías de mi hermano político. Peor es meneallo... Por lo demás, creo también que en algunos períodos, su locura ha sido figurada, como la de ese señor que usted cita tan oportunamente.
Y se quedó con la duda de quien sería aquel Jamle; pero no quiso preguntarlo, prefiriendo dar á entender que lo sabía. Por el nombre y lo de fingirse loco, se le antojaba que el tal debía de ser poeta.
—Celebro que estemos conformes en este punto Sr. D. Francisco—dijo Zárate.—Hallo entre nuestro Rafael y el infortunado príncipe de Dinamarca muchos puntos de contacto. Ayer, sin ir más lejos, hablaba solo el pobre ciego, y dijo cosas que me recordaron el célebre monólogo to be or not to be.
—Efectivamente, algo dijo de aquello. Yo lo noté, y no se me escaparon los puntos de contacto. Porque yo observo y callo.
—Eso, eso justamente es lo que procede, observarle.