—El pobrecillo tira mucho á poeta, ¿verdad?
—Verdad.
—Y diciendo poesía, se dice poco juicio, el meollo revuelto.
—Exactamente.
—Y á propósito, amigo Zárate: me sorprende que á los poetas se les den tantas denominaciones. Les dicen vates, les dicen también bardos. Crea usted que me he desternillado de risa leyendo un artículo que le dedican á ese chiquillo á quien yo protejo, y el condenado crítico le llama bardo acá, bardo allá, y le echa unos inciensos que apestan. Á los versos que ese chico compone los llamaría yo bardales, porque aquello no hay cristiano que lo entienda, y se pierde uno entre tanta hojarasca. Todo se lo dice al revés. En fin, peor es meneallo.
Mucho celebró el pedante la ocurrencia, y pasaron á otro asunto, que debía de ser algo de socialismo y colectivismo, porque al día siguiente salió Torquemada por esas calles hecho un erudito en aquellas materias. Hallaba puntos de contacto entre ciertas doctrinas y el principio evangélico, y envolvía sus disparates en frases cogidas al vuelo y empleadas con dudosa oportunidad.
Don Juan Gualberto Serrano, que regresó á fines de Septiembre, trájole muy buenas noticias de Londres. Las compras de rama se harían por personas idóneas para el caso, muy prácticas en aquel comercio, y que sabrían ajustarse á los precios indicados, aunque tuvieran que apencar con las barreduras de los almacenes. Por este lado no había que pensar más que en atracarse de dinero. Propúsole además otro negocio, basado en operaciones de banqueros ingleses sobre fondos de nuestro país, y lo mismo fué anunciarlo, que Torquemada lo calificó de grandísimo disparate. En principio, la combinación era buena, y pensando en ella el tacaño por espacio de dos ó tres días, encontró un nuevo desarrollo práctico del pensamiento, que propuso á su amigo, y éste lo tuvo por tan excelente, que le abrazó entusiasmado.
—Es usted un genio, amigo mío. Ha visto el negocio bajo su único aspecto positivo. El plan que yo traía era un caos, y de aquel caos ha sacado usted un mundo, un verdadero mundo. Hoy mismo escribo á los inventores de esta combinación, Proctor y Ruffer, y les diré cómo vé usted la cosa. De seguro les parecerá de perlas, y al instante nos pondremos á trabajar. Es cosa de liquidar medio millón de reales cada año.
—No digo que no. Escriba usted á esos señores. Ya sabe usted mi línea de conducta. En las condiciones que propongo, entro, vaya si entro.
Largo rato hablaron de este embrollado asunto, quedando de acuerdo en todo y por todo, y cuando ya se despedía Serrano, pues almorzaba aquel día con el Presidente del Consejo (como casi todos los de la semana), le dijo con semblante gozoso: